El ático del edificio Torre Diamante tenía una vista espectacular de la ciudad, pero esa tarde, la tormenta se estaba desatando en el interior de la sala de estar.
Roberto caminaba de un lado a otro sobre la alfombra de seda persa, con la respiración agitada y el rostro enrojecido por una furia que apenas podía contener. Llevaba el saco de su traje italiano desabrochado y la camisa blanca abierta en el cuello, como si el aire acondicionado a dieciocho grados no fuera suficiente para sofocar el calor de su ira.
Frente a él, sentada con una postura escultural en el sillón de diseño color crema, estaba Victoria.
Mientras los gritos de Roberto rebotaban contra los amplios ventanales de cristal, ella sostenía una fina taza de té de porcelana blanca con bordes dorados. No temblaba. No apartaba la mirada. Simplemente soplaba suavemente la superficie de su infusión de manzanilla con la tranquilidad de quien observa llover desde la ventana.
—¡Es que no lo entiendes, Victoria! —rugió Roberto, deteniéndose en seco para apuntarle directamente a la cara con el dedo índice—. ¡Se acabó! La junta directiva acaba de aprobar la reestructuración. He transferido todos los activos líquidos a las cuentas de mis subsidiarias en las Islas Caimán. ¡Estás fuera de la empresa, fuera de este ático y te vas a ir de aquí sin un solo centavo de mi imperio!
Roberto se inclinó hacia adelante, intentando que su altura y su agresividad la intimidaran. Quería verla llorar. Quería que le suplicara. Había planeado esa jugada a sus espaldas durante los últimos dos años, asegurándose de dejarla arrinconada y sin opciones legales.
Victoria no se inmutó. Dejó que el silencio se apoderara de la sala por unos largos y agonizantes segundos. Luego, acercó la taza a sus labios y tomó un pequeño y delicado sorbo.
—Tu té se está enfriando, Roberto —dijo ella, con una voz tan suave y controlada que hizo que el empresario parpadeara, confundido por la falta de reacción—. Aunque, supongo que el té es la menor de tus preocupaciones en este momento.
—¿De qué estupideces estás hablando? —escupió él, enderezándose de golpe.
Victoria dejó la taza sobre la mesa de centro con un leve tintineo metálico. Se acomodó los pliegues de su blusa de seda clara y levantó la mirada hacia él. Sus ojos oscuros brillaban con una frialdad calculadora.
—Hablo de tus subsidiarias en las Islas Caimán. Esas pequeñas empresas fantasma que usaste para desviar los fondos —explicó Victoria, cruzando las piernas—. Lo que tu abogado olvidó mencionarte es que la legislación internacional cambió hace tres meses. Para hacer esas transferencias sin alertar a Hacienda, usaste como puente el Banco Continental.
Roberto frunció el ceño. Un ligero temblor comenzó a formarse en su mano extendida.
—¿Y qué? El Continental es un paraíso de privacidad. El director es mi amigo personal.
—Era tu amigo personal —lo corrigió Victoria con una levísima sonrisa—. Hasta que lo despidieron esta mañana. Verás, Roberto, mientras tú pasabas los últimos dos años planeando cómo dejarme en la calle, yo pasé los últimos seis meses comprando silenciosamente la participación mayoritaria del Banco Continental a través de un fondo de inversión extranjero.
El color abandonó el rostro de Roberto de manera instantánea. Su brazo cayó pesadamente a su costado.
—Como dueña mayoritaria del banco —continuó Victoria, poniéndose de pie lentamente—, esta tarde ordené una auditoría interna de emergencia por sospecha de lavado de dinero. Todos los fondos que transferiste hoy han sido congelados federalmente. No solo no tienes un imperio, Roberto; en este momento, no tienes ni siquiera para pagar el taxi que te sacará de mi edificio.
Roberto retrocedió un paso, tambaleándose como si acabara de recibir un golpe físico. La arrogancia que lo cubría minutos antes se había evaporado, dejando solo a un hombre destruido por su propia trampa. Victoria lo miró con absoluta superioridad, esbozó una sonrisa implacable y giró el rostro.