El Imperio Vacío: La Última Jugada del Patriarca

El tintineo de las copas de cristal cesó de forma abrupta. En el salón principal del exclusivo Club de Banqueros, donde se celebraba la gala anual del Grupo Altamira, el aire se volvió espeso y gélido. La música de cámara se apagó en un suspiro, dejando como único sonido el eco de unos pasos firmes sobre el parqué de caoba.

Don Ernesto Altamira avanzó por el centro del salón. Con su impecable traje oscuro, la corbata perfectamente anudada y el cabello plateado impecable, era la encarnación del poder absoluto. Sin embargo, su rostro, habitualmente sereno, estaba endurecido por una furia tan intensa que parecía irradiar calor. Detrás de él, los invitados de la alta sociedad y los ejecutivos de la junta directiva contenían la respiración, paralizados como estatuas de sal.

Frente a él estaba su sobrino, Damián.

Damián llevaba meses conspirando en las sombras. Había movido hilos, sobornado a directivos y falsificado informes médicos para declarar a su tío «incapacitado» y forzar una votación de destitución esa misma noche. Sostenía una copa de champán, y la sonrisa arrogante con la que había estado celebrando su victoria anticipada comenzó a desvanecerse al ver a Ernesto caminar directamente hacia él, sin un ápice de debilidad.

—Has jugado muy bien tus cartas, Damián —dijo Ernesto, deteniéndose a menos de un metro. Su voz fue un trueno bajo y controlado que rebotó en los candelabros de cristal—. Has convencido a mi propia junta de que soy un anciano obsoleto. Has comprado a mis abogados y has redactado el comunicado de mi «retiro forzoso».

Damián alzó la barbilla, intentando ocultar el temblor de sus manos.

—Es el ciclo natural de los negocios, tío —respondió el joven, forzando un tono condescendiente—. La empresa necesita sangre nueva. Los mercados exigen innovación. Solo estoy protegiendo nuestro legado antes de que lo hundas.

Ernesto soltó una carcajada seca, un sonido áspero y carente de humor que hizo retroceder a dos vicepresidentes en la fila de atrás.

—Tú no sabes absolutamente nada sobre construir un legado —replicó el anciano, fulminándolo con la mirada.

Con un movimiento pausado, Ernesto metió la mano en el bolsillo interior de su saco y extrajo un documento sellado con cera roja. Lo sostuvo en alto, a la vista de todos los traidores vestidos de gala que lo rodeaban.

—Lo que olvidaste en tu pequeño golpe de estado de salón, sobrino, es que yo fundé esta compañía desde las cenizas. Y yo dicté sus estatutos fundamentales —Ernesto dio un paso más, acorralando a Damián—. Ayer por la medianoche, al descubrir tu traición, activé la «Cláusula de Tierra Quemada». He transferido mis patentes tecnológicas, los contratos navieros internacionales y el setenta por ciento del capital líquido de la empresa a un fideicomiso ciego externo.

El salón entero estalló en murmullos ahogados de pánico puro. La copa de champán resbaló de los dedos de Damián, estrellándose contra el suelo y salpicando sus zapatos de diseñador.

—Acabas de dar un golpe de estado para apoderarte de un cascarón vacío lleno de deudas, Damián —sentenció Ernesto, acomodándose las solapas del traje con una frialdad absoluta—. Felicidades por tu nuevo puesto como Director Ejecutivo. La bancarrota se declara oficialmente el lunes a las nueve de la mañana.

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