El Precio de la Traición: La Trampa Carmesí

La luz del atardecer se filtraba a través de los inmensos ventanales de la mansión, bañando el elegante vestíbulo de mármol en tonos dorados. Sin embargo, el ambiente era más frío que el hielo. En el centro de la estancia, Leonardo, enfundado en un traje negro de corte milimétrico, se ajustó los puños de la camisa con una actitud de absoluta superioridad. Creía haber ganado la guerra.

Frente a él, bloqueándole el paso hacia las puertas dobles, estaba Elena. Vestía un deslumbrante y ceñido vestido rojo carmesí. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y lo observaba con una calma tan profunda y calculadora que resultaba antinatural.

—Se acabó el teatro, Elena —escupió Leonardo, dando un paso al frente con la intención de intimidarla—. Mis abogados acaban de confirmar la transferencia. El fideicomiso de tu abuelo ahora está bajo mi control exclusivo. Tus firmas en los documentos de divorcio de esta mañana sellaron tu destino. Quiero que empaques tus cosas y te largues de mi casa antes del anochecer.

Leonardo respiró hondo, saboreando cada palabra. Había pasado los últimos dos años fingiendo amor, soportando a la familia de su esposa solo para infiltrarse en la junta directiva y arrebatarles el conglomerado hotelero. Finalmente, el trono era suyo.

O al menos, eso es lo que él creía.

Elena no se inmutó. No descruzó los brazos ni desvió la mirada. Lentamente, una sonrisa gélida y cargada de veneno comenzó a dibujarse en sus labios pintados de rojo.

—Tienes razón en algo, Leo. El teatro se acabó —respondió Elena, con una voz suave y aterciopelada que resonó en el silencioso vestíbulo—. Pero me temo que no has leído la letra pequeña del fideicomiso de mi abuelo.

Leonardo frunció el ceño. La seguridad inquebrantable de la mujer de rojo comenzó a abrir una pequeña grieta en su enorme ego. —Revisé cada línea de esos contratos. Soy el dueño del sesenta por ciento del holding.

—Eres el dueño del sesenta por ciento del Holding Sur, Leonardo. La subsidiaria que utilizamos para absorber las propiedades embargadas y los pasivos tóxicos de la compañía —lo corrigió Elena, dando un paso al frente y obligándolo a retroceder instintivamente—. Al firmar ese acuerdo de divorcio exigiéndome cederte esa parte específica para dejarme «en la calle», me hiciste el inmenso favor de liberarme de una deuda fiscal de noventa millones de dólares.

El color abandonó el rostro de Leonardo en una fracción de segundo. Sus brazos cayeron pesadamente a sus costados mientras el terror más absoluto comenzaba a asfixiarlo.

—Toda mi fortuna real, las cadenas internacionales y esta misma casa, fueron transferidas hace un mes a una sociedad anónima en Mónaco de la cual soy única propietaria —continuó Elena, disfrutando de cómo el hombre arrogante frente a ella se desmoronaba hasta convertirse en polvo—. Así que no, Leonardo. Esta ya no es tu casa. Acabas de divorciarte de la única mujer que te protegía de la cárcel por fraude fiscal.

El sonido de varios vehículos frenando bruscamente en la entrada principal rompió el silencio. Las luces rojas y azules de las patrullas comenzaron a destellar a través de los cristales.

—Te sugiero que consigas un buen abogado con el poco crédito que te queda —sentenció Elena, dándose la vuelta con una elegancia implacable—. Porque los agentes federales están en la puerta, y vienen exclusivamente por ti.

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