La brisa de la tarde azotaba la exclusiva terraza del piso sesenta del Grupo Vértice. El ensordecedor ruido de la ciudad quedaba silenciado por la inmensa altura, creando la ilusión de que los ejecutivos que pisaban ese suelo eran dioses intocables. Carlos, enfundado en una camisa oscura que reflejaba su despiadada arrogancia, creía ser uno de ellos. Había acorralado a Mariana cerca de la barandilla de cristal, saboreando el momento.
Hacía menos de una hora, mediante amenazas de hundir la reputación de la familia de ella, Carlos la había forzado a firmar la venta hostil de su exitosa división tecnológica por una fracción ridícula de su valor real.
—Se terminó el juego, Mariana —escupió Carlos, señalándola con una sonrisa torcida de pura prepotencia—. Te dije que este imperio tarde o temprano me iba a pertenecer. Mañana a primera hora, la junta directiva anunciará la fusión. Acabas de entregarme el trabajo de toda tu vida por centavos. Deberías agradecerme que no te haya dejado en la calle.
Mariana no retrocedió un solo milímetro.
Vestida con un impecable traje azul oscuro que resaltaba su postura majestuosa y letal, no mostró ni un ápice de miedo o sumisión. No había lágrimas en sus ojos, solo una lástima gélida, profunda y calculadora. Dejó que las fanfarronadas del hombre se las llevara el viento antes de clavarle una mirada que lo paralizó en seco.
—Tienes razón, Carlos. Mañana la junta anunciará la fusión —respondió Mariana. Su voz no fue un grito, pero cortó el aire frío de la terraza con la precisión de un bisturí—. Lo que no van a anunciar, porque estabas demasiado cegado por tu propia avaricia como para leer los anexos técnicos del contrato, es el pasivo que acabas de absorber.
Carlos frunció el ceño. Su sonrisa vaciló y un leve temblor recorrió su mano. —¿De qué estupideces hablas? Mis abogados revisaron cada letra de tu división tecnológica.
—Revisaron la división tecnológica, sí —Mariana dio un paso al frente, con una autoridad tan aplastante que obligó al hombre a retroceder instintivamente—. Pero lo que firmaste fue la absorción completa de mi holding matriz. Ese mismo holding que, a las ocho de la mañana de hoy, recibió una notificación de la fiscalía federal por un déficit estructural y una multa antimonopolio de doscientos millones de dólares.
El color abandonó el rostro de Carlos por completo. Sus ojos se abrieron de par en par mientras la magnitud de sus acciones comenzaba a aplastarlo.
—Al forzar esta venta hostil y estampar tu firma en ese documento, me acabas de limpiar el historial —continuó Mariana, esbozando finalmente una levísima y devastadora sonrisa—. Asumiste voluntariamente la deuda, la quiebra inminente y la responsabilidad penal absoluta. No me robaste un imperio, Carlos. Te acabo de regalar mi condena.
Carlos quedó petrificado, sin aire y sin palabras, asfixiado por el pánico visceral. El gran triunfo por el que había peleado tan suciamente se había convertido, en un abrir y cerrar de ojos, en la trampa que lo destruiría para siempre.
Mariana se ajustó el abrigo con absoluta elegancia y le dio la espalda, dejándolo solo al borde del abismo.