El silencio en el despacho principal de la torre corporativa era tan denso que resultaba asfixiante. A través de los enormes ventanales, la ciudad seguía su curso ignorando por completo que, en esa habitación, un imperio estaba a punto de cambiar de manos de la forma más brutal posible.
Sentado en la silla de cuero para invitados, encogiéndose bajo el peso de su propio pánico, estaba Leo. El joven y ambicioso vicepresidente vestía una camisa azul claro que ya empezaba a pegarse a su espalda por el sudor frío. Frente a él, inclinándose sobre el escritorio con la ferocidad de un león acorralando a su presa, se encontraba Don Arturo, el implacable fundador del conglomerado.
Arturo, enfundado en un sobrio y elegante traje oscuro, levantó la mano derecha y le apuntó directamente al rostro con el dedo índice, desatando la tormenta.
—¡Llevas seis meses conspirando a mis espaldas en mi propia empresa, Leo! —rugió el veterano empresario, con una voz que hizo temblar los cristales—. ¡Compraste a tres de mis directores, falsificaste las auditorías trimestrales y convocaste una junta extraordinaria para destituirme hoy a las cinco de la tarde! Pensaste que podías robarme la silla sin que yo me diera cuenta.
Leo tragó saliva, incapaz de apartar la mirada de los ojos enfurecidos de su mentor. Sus manos temblaban sobre sus rodillas. —Yo… yo solo aseguré el futuro de la compañía, Arturo. Ya estás viejo. Era cuestión de tiempo antes de que los accionistas aprobaran mi toma de control. El holding extranjero ya aceptó mi transferencia de acciones. Soy el dueño mayoritario.
En lugar de estallar en ira nuevamente, Arturo detuvo su dedo acusador en el aire. Lentamente, la furia en su rostro fue reemplazada por una sonrisa gélida, calculadora y cargada de una oscura superioridad. Se enderezó, abotonándose el saco con absoluta parsimonia.
—Es cierto, Leo. Eres el dueño mayoritario —confirmó Arturo, bajando la voz a un susurro letal—. Lo que tu inmensa arrogancia no te permitió investigar es qué fue exactamente lo que compraste.
El joven frunció el ceño. El corazón le dio un vuelco en el pecho y el aire pareció desaparecer de la habitación.
—El holding extranjero al que transferiste todo tu capital no contiene las patentes tecnológicas ni los contratos de desarrollo urbano —continuó Arturo, saboreando cómo la seguridad de Leo se desmoronaba—. Contiene la basura. Hace tres días, utilicé esa misma empresa fantasma para agrupar todas las deudas tóxicas que mis «antiguos» socios dejaron atrás.
Arturo se apoyó en el borde del escritorio, enumerando mentalmente el desastre que el joven acababa de adquirir:
- Una demanda federal por evasión fiscal de cuarenta millones de dólares.
- Tres cuentas bancarias embargadas de forma permanente por la unidad de delitos financieros.
- La responsabilidad penal absoluta como administrador único de un fraude corporativo.
El color abandonó el rostro de Leo por completo. Sus ojos se abrieron de par en par, inyectados de un terror puro y visceral.
—No te detuve, Leo, porque necesitaba a un idiota ambicioso que firmara voluntariamente la titularidad de esa empresa para salvar mi propio pellejo —sentenció Arturo, mirándolo desde arriba con absoluto desprecio—. Yo me jubilo mañana con mis cuentas en Suiza intactas. Tú, en cambio, tienes exactamente diez minutos antes de que los federales suban por el ascensor para arrestar al nuevo «dueño mayoritario».
Leo quedó paralizado en su silla, asfixiado por el pánico, viendo cómo su gran jugada maestra lo había empujado directamente al fondo del abismo.