El pasillo principal de la exclusiva Academia San Patricio era un desfile de apellidos ilustres, uniformes hechos a la medida y fortunas heredadas. Apoyada contra su casillero, con los brazos cruzados y una sonrisa cargada de puro desprecio, estaba Samantha. Acostumbrada a ser el centro de atención, se sentía la dueña absoluta del lugar. Y técnicamente, creía serlo; su padre, un implacable magnate inmobiliario, era el presidente de la junta de benefactores de la institución.
Frente a ella, sosteniendo una pila de expedientes académicos con expresión serena, estaba Leo. Un joven que todos en la escuela conocían como el «becado», alguien que supuestamente dependía de la caridad de familias como la de Samantha para poder estudiar allí.
—No sé a quién tuviste que llorarle para que te dieran el puesto de representante estudiantil, Leo —se burló Samantha, alzando la voz deliberadamente para que los demás estudiantes en el pasillo se detuvieran a escuchar—. Pero ambos sabemos que no perteneces a este mundo. Eres un simple adorno de caridad. Hoy mismo hablaré con mi padre para que revoque tu estúpida beca. Él es el dueño de este edificio; un chasquido de mis dedos y vuelves a la calle de donde saliste.
Leo no bajó la mirada. No se encogió de hombros, ni mostró un solo ápice de la humillación que Samantha esperaba saborear.
Con una tranquilidad que descolocó por completo a la joven heredera, Leo acomodó los expedientes bajo su brazo. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia y proyectando una autoridad que de pronto hizo que el pasillo entero guardara un silencio sepulcral.
—Tu padre construyó el ala nueva de este edificio, es verdad —respondió Leo, con una voz suave pero afilada como el hielo—. Lo hizo utilizando un préstamo masivo de alto riesgo, poniendo sus acciones corporativas y fideicomisos familiares como garantía colateral.
La sonrisa altanera de Samantha vaciló. Sus ojos se abrieron ligeramente mientras una grieta de confusión fracturaba su máscara de seguridad. —¿De qué estupideces estás hablando? —siseó ella, intentando mantener su tono prepotente, aunque sus manos comenzaron a temblar.
—Hablo de que mi expediente de beca es falso, Samantha —Leo esbozó una levísima sonrisa, fría y calculadora—. Mi verdadero apellido es Altamira. Mi familia es dueña del holding financiero que emitió el préstamo de tu padre. Y esta mañana, a las ocho en punto, la corte falló a nuestro favor. Ejecutamos el embargo total de las propiedades de tu familia por impago masivo y fraude.
El color abandonó el rostro de Samantha de un solo golpe, dejándola pálida como el mármol.
—Ya no eres la dueña de este lugar. Tu padre está oficialmente en bancarrota, tus tarjetas black fueron bloqueadas hace media hora, y el chofer que te trajo esta mañana ya no trabaja para ti —sentenció Leo, observando con absoluta frialdad cómo el imperio de la chica se desmoronaba frente a sus propios ojos—. De hecho, la única razón por la que no te expulso de mi escuela en este preciso instante, es porque mi madre decidió otorgarte tu propia beca de caridad. Trata de mantener tus calificaciones altas.
Samantha quedó petrificada, ahogada en un pánico asfixiante. Sin aire y sin palabras, vio cómo Leo se daba la vuelta y se alejaba tranquilamente, dejándola humillada y completamente arruinada frente a las miradas atónitas de toda la academia.