El despacho principal de la constructora Skyline estaba bañado por la luz grisácea de una tormenta inminente. A través de los inmensos ventanales panorámicos, la ciudad parecía un tablero de ajedrez esperando el siguiente movimiento. El ambiente dentro de la oficina, sin embargo, ya estaba en jaque mate.
Tomás, el ambicioso Director de Operaciones, irrumpió en la oficina sin molestarse en tocar la puerta. Vestía un traje de diseñador a la medida y en su mano derecha empuñaba una gruesa carpeta de cuero negro. Su rostro estaba iluminado por la euforia tóxica de una victoria que llevaba años planeando. Había sobornado a los inspectores de obra, manipulado a los inversionistas extranjeros y presionado a la junta directiva para forzar la salida de su socia fundadora.
Frente a él, sentada detrás de un imponente escritorio de mármol negro, estaba Regina. Llevaba una elegante blusa de seda oscura y mantenía las manos entrelazadas sobre la superficie pulida. No se inmutó ante la violenta entrada del hombre.
—¡Se acabó tu reinado de cristal, Regina! —rugió Tomás, arrojando la pesada carpeta sobre el escritorio de mármol con un estruendo—. Los inversionistas asiáticos acaban de firmar la compra de tus acciones por una fracción de su valor. Yo soy el nuevo socio mayoritario y el CEO absoluto de esta compañía. ¡Tienes exactamente veinte minutos para empacar tus cosas y salir de mi torre!
Tomás se inclinó sobre el escritorio, apoyando ambas manos sobre la superficie para invadir el espacio personal de la arquitecta. Quería verla suplicar. Quería disfrutar el momento en que la brillante mujer que fundó el imperio se diera cuenta de que había sido despojada de todo.
Pero Regina no retrocedió. Ni siquiera parpadeó.
Con una lentitud calculada y una calma que helaba la sangre, Regina descruzó las manos, tomó la carpeta de cuero, la miró un segundo con absoluto desdén y la hizo a un lado. Levantó la mirada, conectando sus fríos ojos con los de Tomás, y esbozó una sonrisa que no auguraba nada bueno.
—Felicidades por tu gran adquisición, Tomás —respondió Regina. Su voz era un susurro letal y perfectamente modulado que cortó el silencio de la oficina—. Has comprado el cien por ciento de la estructura de esta torre y los contratos de mantenimiento de los próximos diez años.
Tomás frunció el ceño. La seguridad inquebrantable de la mujer comenzó a abrir una grieta en su ego inflado. —¿De qué estupideces hablas? ¡Compré la empresa entera!
—Compraste el acero, el cristal y el concreto, sí —asintió ella, poniéndose de pie con la majestuosidad de una reina—. Lo que tus brillantes abogados olvidaron revisar en el Registro Público, porque asumieron que era parte del paquete corporativo, es a nombre de quién está la escritura de la tierra.
El color comenzó a desaparecer del rostro de Tomás. Su respiración se detuvo en seco.
—El terreno sobre el que está construido este rascacielos de cien millones de dólares, pertenece exclusivamente a mi fideicomiso personal —sentenció Regina, dando un paso al frente—. Y el contrato de arrendamiento del suelo que yo le otorgaba a la empresa expiró exactamente ayer a la medianoche.
Tomás retrocedió, tropezando con la silla de visitas. Sus manos comenzaron a temblar.
—Como nuevo dueño mayoritario, acabas de heredar un edificio incautable plantado ilegalmente en propiedad privada —continuó Regina, disfrutando cada segundo del pánico que ahora desfiguraba el rostro del hombre—. Así que te ofrezco dos opciones: o demueles tu preciosa torre para despejar mi terreno antes del viernes, o me pagas una renta mensual que te llevará a la bancarrota en tres semanas.
El sonido de los truenos retumbó contra los cristales de la oficina, ahogando el jadeo desesperado de Tomás. Había robado un imperio, solo para descubrir que las llaves del reino siempre estuvieron en el bolsillo de la mujer a la que intentó destruir.