El sol del mediodía se reflejaba en el capó del deportivo negro de Julián. Con su traje de lino a medida y una actitud de superioridad inquebrantable, se sentía el dueño de la ciudad. Solo le faltaba un pequeño detalle: el paquete con los contratos originales de su última adquisición corporativa.
Cuando la repartidora de uniforme azul finalmente se acercó con una sencilla caja de cartón, Julián perdió los estribos.
—¡Llevo veinte minutos esperando! —le gritó, apuntándole directamente al rostro—. ¡Tu incompetencia retrasa un negocio de diez millones de dólares! Llamaré a tu gerente, compraré la miseria de empresa en la que trabajas y te despediré yo mismo.
La joven no retrocedió ni bajó la mirada. Mantuvo una postura absolutamente serena.
—No creo que pueda hacer eso, señor —respondió ella, con una voz peligrosamente tranquila.
Julián soltó una carcajada irónica y le arrebató el paquete de las manos. —¿Ah, sí? ¿Y quién me lo va a impedir? ¿Tú?
La joven se quitó lentamente la gorra azul, revelando una mirada afilada y calculadora.
—Sí, yo —dijo ella, cruzándose de brazos—. Porque no soy mensajera. Soy Valeria Montero, dueña del holding logístico que acaba de absorber silenciosamente toda su cadena de suministro. Y lo que hay en esa caja no son sus contratos, sino su carta de destitución y la orden de embargo de este auto.
Julián palideció de golpe, comprendiendo que su imperio acababa de desmoronarse en plena acera.