El concesionario Motors Élite brillaba bajo las intensas luces halógenas, diseñado para deslumbrar. Las impecables carrocerías de los vehículos europeos reflejaban el lujo intocable de la alta sociedad de la ciudad. Para Ricardo, el arrogante gerente general, ese salón de ventas era su fortaleza personal. Llevaba toda la semana celebrando haber dejado a su ex socia, Valeria, fuera del negocio con una serie de vacíos legales, humillándola al confiscar hasta su auto personal.
Creía haber ganado la guerra. Pero entonces, las puertas automáticas de cristal se abrieron de par en par.
Valeria cruzó el umbral pisando fuerte. Vestida con un inmaculado y ceñido vestido blanco que contrastaba brutalmente con los monótonos trajes de los vendedores, caminaba con la barbilla en alto. Recorría el pasillo central, flanqueada por las hileras de autos deportivos, como si fuera la dueña absoluta del universo. Detrás de ella, la subgerente de ventas la seguía a paso rápido, visiblemente pálida y sosteniendo una pesada carpeta de cuero con manos temblorosas.
Ricardo frunció el ceño, se ajustó la corbata y bajó rápidamente las escaleras de su oficina de cristal, interponiéndose en el camino de Valeria para mantener su teatro de superioridad.
—¿Qué demonios crees que haces aquí, Valeria? —preguntó Ricardo, cruzándose de brazos y alzando la voz deliberadamente para que los clientes del fondo escucharan—. Te dije claramente que ya no eres bienvenida en mis instalaciones. Si viniste a hacer una escena para suplicar que te devuelva tu auto, estás perdiendo el tiempo. Tus cuentas están congeladas. No tienes nada.
Valeria no detuvo su marcha hasta quedar a escasos centímetros de él, obligándolo a retroceder medio paso. Lo miró de arriba abajo con una mezcla de absoluta lástima y diversión. No había ni rastro de la mujer derrotada que él esperaba ver.
—No vine a pedirte mi auto, Ricardo —respondió Valeria. Su voz fue suave, pero con un eco metálico y cortante que resonó en el inmenso salón—. De hecho, tu colección de autos de exhibición me parece bastante aburrida y ordinaria.
Ricardo soltó una carcajada seca y nerviosa, intentando no perder el control frente a sus empleados. —Entonces, ¿a qué viniste? ¿A pasear por un inventario que ya no puedes permitirte ni tocar?
Valeria sonrió. Fue una sonrisa fría, calculadora y letal. Sin apartar la mirada de los ojos de Ricardo, extendió la mano hacia atrás. La subgerente, aterrorizada, colocó inmediatamente la carpeta de cuero en su mano. Valeria la abrió con lentitud justo frente al rostro del gerente.
—Vine a revisar el inventario porque, técnicamente, es mío —sentenció Valeria—. El banco internacional te negó la extensión de tu línea de crédito comercial ayer por la tarde. Y como estabas desesperado por liquidez inmediata para no perder la franquicia, firmaste a ciegas una inyección de capital con un fondo de inversión anónimo.
El color abandonó el rostro de Ricardo de golpe. Bajó la vista hacia los documentos en la carpeta. La firma del contrato del fondo de inversión estaba acompañada por el inconfundible sello personal de Valeria.
—Acabo de comprar el ochenta por ciento de tu deuda total, Ricardo —continuó ella, cerrando la carpeta con un chasquido seco que hizo saltar a un par de vendedores cercanos—. Y según la cláusula siete por riesgo de impago, la cual firmaste sin leer, la totalidad de los vehículos de este edificio, y el edificio mismo, pasan a ser mi garantía prendaria efectiva de inmediato.
Ricardo se quedó sin aire, retrocediendo torpemente hasta chocar contra el capó de un sedán plateado. Su imperio de cromo y cristal acababa de desmoronarse frente a él, destrozado por la mujer que él mismo creyó haber dejado en la calle. Valeria lo miró una última vez con desdén, giró sobre sus tacones y continuó su paseo por el concesionario.