El neumático del Mercedes-Benz blindado aplastó un charco de agua estancada. El callejón del sector sur no era lugar para trajes de tres piezas, pero Don Ignacio Santillán, dueño del conglomerado financiero más poderoso del país, no retrocedía ante nada. Bajó del auto flanqueado por dos inmensos guardaespaldas, con la mirada fija en su objetivo.
A pocos metros, apoyada contra una pared de ladrillos cubiertos de grafiti, estaba Elena. Vestía una sudadera gastada, jeans rotos y sostenía una simple bolsa de papel marrón. El abismo visual entre ambos era absoluto, pero los ojos fríos y calculadores que se cruzaron en ese instante eran idénticos. Era su hija.
—Ya es suficiente de este teatro absurdo, Elena —dictaminó Ignacio, deteniéndose a un metro de ella, con voz de mando—. Tus hermanos están despedazando la junta directiva. Necesito que vuelvas a la empresa, asumas la vicepresidencia y apruebes la fusión. Te devolveré tus fideicomisos y el doble de tu fondo original.
Elena no se inmutó. No miró el auto de lujo ni se dejó intimidar por los guardaespaldas.
—No me fui de la mansión hace tres años por una rabieta, padre —respondió ella, con una calma gélida—. Me fui porque descubrí exactamente sobre qué cimientos construiste tu fortuna.
Ignacio soltó una carcajada seca, llena de desprecio y arrogancia.
—El mundo real se controla con dinero, niña. Mírate. Vives en la miseria, aferrándote a tu almuerzo en una bolsa de papel como un animal asustado. Sin mi apellido, estás acabada.
Elena esbozó una levísima sonrisa. Sin prisa, abrió la arrugada bolsa marrón y extrajo su contenido. No era comida. Era un grueso bloque de discos duros encriptados y documentos con sellos oficiales de la fiscalía federal.
—No es mi almuerzo, padre. Son los libros contables originales de tus cuentas fantasma —dijo Elena, dando un paso al frente mientras el intocable magnate palidecía de golpe—. Pasé tres años aquí abajo, fingiendo estar arruinada, para rastrear personalmente cada centavo que lavaste a través de las inmobiliarias de este mismo barrio.
Ignacio quedó completamente paralizado, sintiendo cómo el aire abandonaba sus pulmones. Sus guardaespaldas retrocedieron instintivamente al escuchar el inconfundible sonido de sirenas policiales acercándose rápidamente por la avenida principal.
—No vine a salvar tu empresa —concluyó Elena, mirándolo con absoluta superioridad—. Vine a asegurarme de que la pierdas.