Nicolás llegó a la enorme casa poco después de las cuatro de la tarde. Había conducido casi una hora desde el otro lado de la ciudad y llevaba una mochila negra colgada sobre un hombro. Vestía una camiseta gris sencilla, jeans y unos zapatos que ya habían conocido demasiadas jornadas largas. Cuando cruzó la entrada principal y vio la piscina, los ventanales de cristal y el grupo de personas perfectamente vestidas conversando alrededor de la sala, comprendió de inmediato que no pertenecía a aquel ambiente.
No había ido para divertirse.
Tampoco había recibido una invitación.
Había ido porque necesitaba hablar con alguien.
Al fondo de la sala estaba Sebastián, un hombre de unos treinta años, cabello claro cuidadosamente peinado hacia atrás, camisa blanca abierta en el cuello y un reloj que probablemente costaba más que el automóvil de Nicolás. Cerca de él había varias personas conversando mientras sostenían copas.
Nicolás lo reconoció enseguida.
Llevaba casi dos semanas intentando localizarlo.
—Sebastián —dijo mientras se acercaba.
Varias personas dejaron de hablar.
Sebastián giró la cabeza.
Durante un segundo pareció sorprendido.
Después sonrió.
—Vaya. Mira quién apareció.
Nicolás se detuvo frente a él.
—Necesito hablar contigo.
Sebastián miró alrededor.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora.
Una mujer de vestido verde que estaba junto a Sebastián observó a Nicolás con curiosidad. Otra joven permaneció detrás, tratando de entender qué ocurría.
Sebastián suspiró.
—Podrías haber llamado.
Nicolás soltó una pequeña risa.
—Te he llamado doce veces.
La sonrisa de Sebastián desapareció.
—He estado ocupado.
—También te mandé mensajes.
—Nicolás, este no es el momento.
—Para mí sí.
La tensión comenzó a sentirse en la habitación.
Nicolás había trabajado durante casi tres meses en la remodelación de uno de los apartamentos que Sebastián compraba, renovaba y luego vendía. No era un empleado suyo. Trabajaba por contrato realizando instalaciones, pintura y pequeñas reparaciones.
Habían acordado un precio.
El trabajo había terminado.
Pero el último pago nunca había llegado.
Eran poco más de seis mil dólares.
Para Sebastián quizás no parecía una cantidad importante.
Para Nicolás era el dinero con el que tenía que pagar el alquiler, varias cuentas atrasadas y el salario de dos muchachos que habían trabajado con él.
—Te dije que resolvería eso —respondió Sebastián.
—Me dijiste eso hace dos semanas.
—Hay procesos.
Nicolás negó con la cabeza.
—No hay ningún proceso. El trabajo terminó y el apartamento ya está publicado para la venta.
Sebastián miró a sus invitados.
La conversación comenzaba a resultarle incómoda.
—Ven conmigo.
Caminó unos metros hacia un espacio más apartado de la sala.
Nicolás lo siguió.
—No tenías que venir hasta mi casa —dijo Sebastián en voz baja.
—Entonces deberías contestar el teléfono.
—No puedes aparecer aquí exigiendo dinero delante de mis invitados.
—No estoy exigiendo nada que no sea mío.
Sebastián respiró profundamente.
—Encontramos algunos problemas con el trabajo.
Nicolás lo miró fijamente.
Aquello era nuevo.
—¿Qué problemas?
—Detalles.
—¿Qué detalles?
Sebastián tardó en contestar.
—La pintura de una habitación. Algunas terminaciones.
—Estuviste allí cuando terminamos.
—Sí.
—Revisaste todo.
—Lo sé.
—Y dijiste que estaba bien.
Sebastián bajó ligeramente la mirada.
Nicolás comprendió inmediatamente lo que ocurría.
No existían problemas reales.
Sebastián simplemente estaba retrasando el pago.
—¿Vendiste el otro apartamento? —preguntó Nicolás.
Sebastián volvió a mirarlo.
—Eso no tiene nada que ver contigo.
—Claro que tiene que ver.
Nicolás había escuchado rumores de que Sebastián estaba atravesando dificultades financieras. Compraba propiedades utilizando préstamos, las remodelaba rápidamente y esperaba venderlas con ganancias.
Mientras las propiedades se vendieran, todo funcionaba.
Pero una de sus últimas inversiones llevaba meses sin comprador.
—No tienes el dinero —dijo Nicolás.
Sebastián cambió de expresión.
—Cuida cómo hablas.
—Entonces dime que estoy equivocado.
Sebastián permaneció en silencio.
Aquello fue suficiente.
Nicolás entendió por qué sus llamadas nunca recibían respuesta.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
La pregunta sorprendió a Sebastián.
Probablemente esperaba una discusión.
—No lo sé.
—Eso no me sirve.
—Estoy esperando cerrar una venta.
—¿Cuándo?
—Posiblemente la próxima semana.
Nicolás respiró lentamente.
Estaba molesto, pero sabía que gritar no solucionaría nada.
—Tengo dos personas esperando que les pague.
—No es mi problema.
La frase salió demasiado rápido.
Nicolás lo miró.
Sebastián también comprendió inmediatamente que había cometido un error.
—Trabajaron en tu propiedad —respondió Nicolás—. Claro que es tu problema.
Las personas que estaban cerca habían comenzado nuevamente a mirar hacia ellos.
Sebastián bajó la voz.
—No hagamos un espectáculo.
—Yo no vine a hacer un espectáculo. Vine a buscar una solución.
—Te pagaré.
—¿Cuándo?
Sebastián no respondió.
Nicolás abrió su mochila y sacó una carpeta.
Dentro llevaba copias del contrato, facturas de materiales y mensajes que ambos habían intercambiado.
—Todo está aquí.
Sebastián miró los documentos.
—¿Para qué trajiste eso?
—Porque si mañana no recibo al menos la mitad del dinero, voy a iniciar el proceso para cobrar legalmente.
El rostro de Sebastián cambió.
—¿Me estás amenazando?
—No. Te estoy diciendo lo que voy a hacer.
La diferencia era importante.
Nicolás no había ido buscando una pelea.
Solo quería dejar claro que ya no iba a aceptar más excusas.
Sebastián permaneció unos segundos pensando.
Finalmente sacó su teléfono.
—Dame tu información bancaria otra vez.
—Ya la tienes.
—Mándamela.
Nicolás tomó el teléfono y envió el mensaje.
Sebastián escribió durante varios segundos.
Después guardó el dispositivo.
—Te voy a transferir tres mil hoy.
Nicolás lo observó.
—¿Y el resto?
—La próxima semana.
—Necesito una fecha.
Sebastián miró el calendario de su teléfono.
—El viernes.
—¿Seguro?
—Sí.
Nicolás extendió la mano.
—Entonces viernes.
Sebastián dudó antes de estrechársela.
—Viernes.
Nicolás recogió la carpeta.
Mientras se colocaba nuevamente la mochila, Sebastián lo miró con cierta molestia.
—Sabes que podríamos haber resuelto esto de otra manera.
Nicolás se detuvo.
—Lo intenté doce veces.
No había nada más que decir.
Caminó hacia la salida mientras algunas personas apartaban discretamente la mirada.
Cuando estaba llegando a la puerta, su teléfono vibró.
Sacó el dispositivo.
Había recibido una transferencia.
Tres mil dólares.
Nicolás se quedó observando la pantalla durante unos segundos.
No sonrió.
Todavía faltaba la mitad.
Pero por primera vez en semanas sabía que Sebastián había entendido que no podía seguir ignorándolo.
El viernes siguiente, a las diez y veintitrés de la mañana, llegó la segunda transferencia.
Nicolás pagó inmediatamente a los dos muchachos que habían trabajado con él y saldó las cuentas más urgentes.
Después guardó todos los documentos en una carpeta y escribió una sola palabra sobre ella:
“Cerrado”.
Meses después volvió a escuchar el nombre de Sebastián.
Uno de sus conocidos le preguntó si estaba interesado en trabajar en otra propiedad suya.
Nicolás no necesitó pensarlo demasiado.
—No.
—Paga bien.
—Cuando paga.
Su compañero entendió.
Nicolás había aprendido algo que nunca olvidaría.
Un buen contrato era importante.
Guardar mensajes también.
Pero mucho más importante era saber reconocer cuándo una persona respetaba tu trabajo y cuándo solo esperaba que te cansaras de reclamar.
Aquella tarde en la casa de lujo Nicolás no había ganado ninguna discusión.
Simplemente había hecho algo mucho más importante.
Había dejado claro que su trabajo tenía valor y que no permitiría que nadie decidiera lo contrario.