La tienda estaba casi vacía cuando Julián escuchó abrirse la puerta de cristal.
Eran poco más de las nueve de la noche. Faltaba menos de una hora para cerrar y él estaba acomodando unas cajas detrás del mostrador cuando vio entrar a un hombre con sombrero marrón, chaqueta gastada y botas llenas de polvo.
Lo reconoció inmediatamente.
Se llamaba Esteban.
Hacía casi seis años que no lo veía.
Julián dejó la caja sobre el suelo y salió lentamente al pasillo.
—Pensé que no volverías por aquí.
Esteban caminó unos pasos sin responder. Miró alrededor de la tienda como si quisiera asegurarse de que estaban solos.
—Yo también pensaba eso.
Julián cruzó los brazos.
—Entonces dime qué quieres.
Esteban se acercó.
Tenía el rostro cansado. Se notaba que había pasado demasiado tiempo conduciendo o que llevaba varios días sin dormir correctamente.
—Necesito hablar contigo.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Sí tenemos.
Julián negó con la cabeza.
—Eso terminó hace años.
Esteban lo miró directamente.
—Para ti quizá.
La tensión entre ambos apareció inmediatamente.
Julián conocía perfectamente el motivo de aquella visita.
Seis años antes, él y Esteban habían trabajado juntos en una pequeña empresa de transporte. Tenían dos camionetas, algunos clientes y suficientes contratos para vivir decentemente.
Al principio todo funcionó.
Esteban conducía.
Julián administraba.
Los problemas comenzaron cuando uno de los vehículos sufrió un accidente y la compañía quedó prácticamente sin dinero.
Habían solicitado un préstamo para mantener el negocio funcionando.
El préstamo estaba a nombre de los dos.
Poco después, Esteban desapareció.
Al menos eso era lo que Julián había contado durante años.
Pero aquella no era toda la verdad.
—Me dejaste con una deuda enorme —dijo Julián.
Esteban soltó una pequeña risa.
—¿Todavía cuentas esa historia?
—Es lo que pasó.
—No. Eso es lo que tú dices que pasó.
Julián miró hacia la entrada.
—Habla más bajo.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que alguien escuche?
—Estoy trabajando.
Esteban dio otro paso.
—Yo también estaba trabajando cuando descubrí que faltaban cuarenta mil dólares de la cuenta de la empresa.
Julián guardó silencio.
—No sé de qué estás hablando.
Esteban metió una mano dentro de la chaqueta.
Julián se puso tenso.
Pero Esteban solamente sacó un sobre.
Lo sostuvo frente a él.
—Aquí está todo.
Julián miró el sobre.
—¿Qué cosa?
—Estados bancarios. Transferencias. Firmas. Fechas.
Julián intentó mantener la expresión tranquila.
—No sé qué intentas hacer.
—Intento que me devuelvas lo que me corresponde.
—No te debo nada.
Esteban abrió el sobre y sacó varias hojas.
—El dinero del préstamo entró a nuestra cuenta un lunes. Dos días después transferiste una parte a otra cuenta.
Julián negó con la cabeza.
—Eso era para pagar proveedores.
—No.
Esteban levantó una hoja.
—La cuenta estaba a nombre de tu hermano.
Julián dejó de responder.
Esteban continuó.
—Después me dijiste que el negocio estaba quebrado. Me convenciste de que vendiéramos las camionetas y desapareciste con el resto del dinero.
—Tú te fuiste.
—Porque tú me dijiste que no quedaba nada.
Durante unos segundos ninguno habló.
Desde los refrigeradores llegaba un zumbido constante.
Una mujer apareció al final de otro pasillo, tomó una botella de agua y caminó hacia la caja.
Julián respiró profundamente.
—Espera aquí.
Atendió a la mujer.
Cobró.
Le dio el recibo.
Esperó hasta que salió.
Después cerró la puerta principal con llave y giró el pequeño cartel hacia el lado que decía “CERRADO”.
Esteban observó.
—¿Ahora sí podemos hablar?
—Ahora sí.
Julián regresó hacia él.
—No sabes todo lo que pasó.
—Entonces explícamelo.
Julián se quedó callado unos segundos.
—Mi hermano tenía problemas.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
—Necesitaba dinero.
—Y tú decidiste tomarlo de nuestra empresa.
—Pensaba devolverlo.
Esteban soltó una carcajada.
—¿Cuándo?
—Cuando pudiéramos recuperarnos.
—Nunca intentaste recuperarnos.
Julián bajó la mirada.
Esteban se acercó.
—Perdí mi casa por aquella deuda.
Julián levantó la cabeza.
—Yo tampoco quedé bien.
—Tú compraste esta tienda.
—Mucho después.
—Con dinero que salió de aquel negocio.
Julián no respondió.
Esa vez el silencio fue diferente.
Era prácticamente una confesión.
Esteban guardó las hojas.
—Quiero mi parte.
—No tengo cuarenta mil dólares.
—No te estoy pidiendo cuarenta mil.
—Entonces ¿cuánto?
—Veinte.
Julián abrió los ojos.
—No puedo darte veinte mil dólares.
—Tienes esta tienda.
—La tienda tiene préstamos.
—Ese no es mi problema.
Julián comenzó a caminar de un lado hacia otro.
—Después de seis años apareces y quieres que saque veinte mil dólares de la nada.
—No aparecí de la nada. Pasé seis años pagando una deuda que también era tuya.
—Yo también pagué.
—Mucho menos de lo que pagué yo.
Julián se detuvo.
Sabía que Esteban tenía razón.
Durante años había evitado aquella conversación.
Se había convencido de que todo había ocurrido porque el negocio estaba destinado al fracaso.
Había repetido esa versión tantas veces que casi había terminado creyéndola.
Pero ahora tenía las pruebas frente a él.
—¿Por qué ahora?
Esteban guardó el sobre dentro de la chaqueta.
—Porque encontré los documentos.
—¿Dónde?
—Un antiguo contador guardó copias.
Julián se pasó una mano por la cara.
—¿Fuiste a la policía?
—No.
—¿Por qué?
—Porque primero quería venir a hablar contigo.
—¿Y si no pago?
Esteban lo miró.
—Entonces mañana voy con un abogado.
Julián comprendió inmediatamente que aquello era mucho peor de lo que esperaba.
—¿Me estás amenazando?
—No.
Esteban permaneció tranquilo.
—Te estoy dando una oportunidad para arreglar algo que debiste arreglar hace años.
Julián caminó hacia el mostrador.
Apoyó las manos sobre la superficie.
—No puedo darte veinte mil de una sola vez.
—Entonces hazme una propuesta.
Julián pensó.
—Cinco mil ahora.
Esteban negó con la cabeza.
—Diez.
—No puedo.
—¿Cuánto puedes?
—Seis.
—Ocho.
Julián permaneció pensando.
—Siete ahora. El resto en pagos durante un año.
Esteban lo observó durante varios segundos.
—Quiero todo por escrito.
—Está bien.
—Y firmado ante un abogado.
—Está bien.
—Si fallas un solo pago, continúo por la vía legal.
Julián levantó la mirada.
—Está bien.
Esteban extendió la mano.
Julián dudó antes de estrecharla.
—Mañana a las diez —dijo Esteban.
—¿Dónde?
—En la oficina del abogado que aparece en esta tarjeta.
Sacó una tarjeta y la dejó sobre el mostrador.
Después caminó hacia la puerta.
Julián quitó el seguro.
Antes de salir, Esteban se volvió.
—Hay algo que todavía no entiendo.
—¿Qué?
—Éramos amigos.
Julián no respondió.
—Si me hubieras dicho que tu hermano necesitaba ayuda, quizás habríamos encontrado otra solución.
Julián bajó la mirada.
—Lo sé.
Esteban salió.
La puerta se cerró lentamente detrás de él.
Julián permaneció solo en medio de la tienda.
Durante varios minutos no hizo nada.
Después tomó su teléfono.
Buscó un número que llevaba años evitando.
Era el de su hermano.
Marcó.
Respondieron después de varios tonos.
—¿Julián?
—Tenemos que hablar.
—¿Qué pasó?
Julián miró la tarjeta del abogado sobre el mostrador.
—Esteban volvió.
Al otro lado de la llamada hubo silencio.
—¿Qué quiere?
—Lo que debimos haberle dado hace seis años.
—No le debes nada.
Julián cerró los ojos.
—Sí.
Respiró profundamente.
—Sí le debo.
Terminó la llamada poco después.
Aquella noche cerró la tienda antes de tiempo.
No durmió bien.
A la mañana siguiente llegó a la oficina del abogado a las diez en punto.
Esteban ya estaba allí.
Durante casi dos horas revisaron documentos, cantidades y fechas.
Finalmente firmaron un acuerdo.
Julián pagaría siete mil dólares inmediatamente y el resto en cuotas mensuales.
No fue agradable.
Tampoco solucionaba completamente lo ocurrido.
Pero era un comienzo.
Un año después hizo el último pago.
Esteban recibió la transferencia y llamó.
—Ya llegó.
—Bien.
Hubo unos segundos de silencio.
—Supongo que esto termina aquí.
Julián miró alrededor de la tienda.
—Sí.
Esteban estuvo a punto de colgar.
—Esteban.
—¿Qué?
—Lo siento.
No hubo respuesta inmediata.
—Debiste decirlo hace seis años.
—Lo sé.
Esteban respiró.
—Cuídate, Julián.
—Tú también.
La llamada terminó.
Julián dejó el teléfono sobre el mostrador.
Había tardado años en entender algo sencillo: una deuda económica podía pagarse en cuotas.
Pero recuperar la confianza que había destruido era otra cosa.
Y esa deuda probablemente nunca terminaría de pagarla.