Cuando Sebastián llegó a la casa de los Ferrer aquella tarde, pensó que estaría allí menos de diez minutos.
Había terminado una reunión cerca de la zona y solo necesitaba entregar personalmente unos documentos que su jefe le había pedido llevar. El señor Alejandro Ferrer debía firmarlos antes de una negociación importante que se realizaría a primera hora del día siguiente.
Sebastián llevaba tres años trabajando para él.
Había comenzado como asistente administrativo y, poco a poco, se había ganado su confianza hasta convertirse en uno de los empleados que participaban directamente en las operaciones más importantes de la empresa.
Alejandro era exigente, pero justo.
Por eso, cuando le pidió el favor de llevar los documentos hasta su residencia, Sebastián no vio ningún problema.
Estacionó frente a la enorme propiedad, tomó la carpeta del asiento del copiloto y caminó hacia la entrada.
Tocó el timbre.
Esperó.
Unos segundos después, la puerta se abrió.
Pero quien apareció no fue Alejandro.
Era Victoria, su esposa.
Sebastián la había visto varias veces durante cenas de empresa y eventos familiares. Era una mujer elegante, siempre perfectamente arreglada y acostumbrada a llamar la atención apenas entraba en una habitación.
Aquella tarde llevaba un vestido negro y el cabello suelto sobre los hombros.
—Sebastián —dijo sorprendida—. ¿Qué haces aquí?
—Buenas tardes, señora Ferrer. Alejandro me pidió traerle estos documentos.
Le mostró la carpeta.
Victoria miró hacia el exterior.
—Él no está.
—Pensé que estaría aquí.
—Salió hace casi una hora.
Sebastián sacó su teléfono.
—Entonces voy a llamarlo.
Victoria se apoyó ligeramente en la puerta.
—Puedes dejármelos a mí.
Sebastián dudó.
—Me pidió específicamente que se los entregara personalmente. Necesita firmar varias páginas.
La expresión de Victoria cambió apenas.
—¿No confías en mí?
—No es eso.
—Entonces entra.
Sebastián volvió a mirar su teléfono.
No tenía ningún mensaje nuevo.
—Puedo esperar en el carro.
Victoria sonrió.
—No seas ridículo. Hace calor afuera.
Se apartó de la entrada.
—Entra. Cuando Alejandro regrese, se los das tú mismo.
Sebastián pensó durante unos segundos.
Finalmente aceptó.
Entró en la casa.
El interior era todavía más grande de lo que recordaba. La sala principal tenía techos altos, una enorme escalera curva y grandes ventanales desde los que se veía el jardín trasero.
Victoria cerró la puerta.
—¿Quieres algo de tomar?
—No, gracias.
Sebastián permaneció de pie con la carpeta entre las manos.
—Realmente solo voy a esperar unos minutos.
Victoria caminó hacia la cocina.
—Siempre tan serio.
Sebastián sonrió por educación.
—Es trabajo.
—Precisamente. Todo contigo parece ser trabajo.
Aquella frase le resultó extraña.
—Bueno, estoy trabajando ahora mismo.
Victoria abrió el refrigerador y sacó una botella de agua.
—Alejandro habla mucho de ti.
Sebastián levantó la mirada.
—Espero que bien.
—Demasiado bien.
Le entregó la botella.
Sebastián la aceptó.
—Gracias.
Victoria permaneció delante de él.
—Dice que eres responsable. Inteligente. Que probablemente algún día podrías dirigir una de las divisiones de la empresa.
Sebastián sonrió ligeramente.
—Eso sería una gran oportunidad.
—Eres ambicioso.
—Intento hacer bien mi trabajo.
Victoria lo observó durante unos segundos.
Sebastián comenzó a sentirse incómodo.
—Voy a llamar nuevamente al señor Ferrer.
Marcó el número.
No obtuvo respuesta.
—Tal vez está conduciendo —dijo Victoria.
—Puede ser.
Sebastián caminó hacia la sala.
—Esperaré cinco minutos más.
Victoria lo siguió.
—¿Tienes novia?
Sebastián se giró.
—¿Perdón?
—Novia.
—No.
—¿Esposa?
—Tampoco.
Victoria sonrió.
—Interesante.
Sebastián dejó de sonreír.
—Señora Ferrer…
—Victoria.
—Prefiero llamarla señora Ferrer.
La expresión de ella se endureció.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Distante.
Sebastián sostuvo la carpeta con más fuerza.
—Usted es la esposa de mi jefe.
Victoria soltó una pequeña risa.
—Eso no significa que no podamos hablar.
—Podemos hablar.
—Pero parece que quieres salir corriendo.
Sebastián miró hacia la puerta.
—En realidad, creo que será mejor volver mañana.
Comenzó a caminar.
Victoria se interpuso.
—¿Te molesto?
—No.
—Entonces quédate.
—Tengo cosas que hacer.
Victoria cruzó los brazos.
—Hace unos minutos dijiste que podías esperar.
Sebastián respiró profundamente.
—La situación está empezando a resultar incómoda.
Por primera vez, Victoria dejó de sonreír.
—¿Qué situación?
Sebastián escogió cuidadosamente sus palabras.
—Esta conversación.
—No he dicho nada malo.
—No dije que lo hiciera.
—Pero lo estás insinuando.
Sebastián negó con la cabeza.
—Solo quiero entregar unos documentos.
Intentó pasar.
Victoria volvió a colocarse delante.
—Alejandro confía mucho en ti.
—Sí.
—Quizá demasiado.
Sebastián frunció el ceño.
—No entiendo.
—Últimamente escucha más tus opiniones que las mías.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
—Claro que tiene que ver contigo.
Victoria caminó hacia él.
—Cada vez que intento hablarle de la empresa dice lo mismo: “Sebastián ya revisó eso”. “Sebastián me recomendó esto”. “Sebastián está trabajando en aquello”.
Sebastián entendió finalmente que aquella conversación no era lo que había pensado inicialmente.
Victoria estaba resentida.
—Yo solamente soy un empleado.
—Un empleado al que mi esposo está preparando para darle mucho poder.
—Si tiene algún problema con las decisiones de Alejandro, debería hablarlo con él.
Victoria soltó una risa seca.
—¿Crees que no lo he hecho?
Sebastián caminó hacia la puerta.
—Definitivamente debo irme.
Victoria lo siguió.
—Espera.
Sebastián abrió la puerta.
—Buenas tardes.
Entonces ella dijo algo que lo hizo detenerse.
—Si sales por esa puerta, mañana probablemente ya no tendrás trabajo.
Sebastián giró lentamente.
—¿Qué dijo?
Victoria sostenía su teléfono.
—Escuchaste perfectamente.
Sebastián cerró la puerta otra vez.
—¿Me está amenazando?
—Te estoy dando una oportunidad para que entiendas cómo funcionan las cosas.
—¿Qué cosas?
Victoria se acercó.
—Quiero que dejes de intervenir en ciertas decisiones de Alejandro.
Sebastián no podía creer lo que escuchaba.
—Él me paga precisamente para darle mi opinión.
—Pues comienza a darle opiniones diferentes.
Sebastián negó con la cabeza.
—No voy a hacer eso.
—Entonces tendremos un problema.
—Ese problema tendrá que resolverlo con su esposo.
Victoria sonrió.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—Perfecto.
Desbloqueó su teléfono.
Sebastián la observó.
—¿Qué está haciendo?
—Llamando a Alejandro.
—Llámelo.
Victoria marcó.
Esperó unos segundos.
Cuando alguien respondió, su expresión cambió inmediatamente.
—Alejandro…
Su voz sonaba diferente.
Mucho más débil.
—Necesito que vengas a casa.
Sebastián abrió los ojos.
Victoria continuó:
—Es Sebastián.
Hubo silencio.
—Sí. Está aquí.
Victoria miró directamente a Sebastián.
—No sé qué le pasa. Está muy agresivo.
Sebastián dio un paso hacia ella.
—¿Qué?
Victoria levantó una mano indicándole que no se acercara.
—Por favor, ven.
Colgó.
Sebastián permaneció inmóvil.
—¿Qué acaba de hacer?
Victoria guardó el teléfono.
—Te advertí.
—Acaba de mentirle.
—Será tu palabra contra la mía.
Sebastián sintió una mezcla de rabia y preocupación.
—¿Está completamente loca?
Victoria sonrió.
—Cuidado con cómo me hablas.
Sebastián sacó su teléfono.
—Voy a llamar al señor Ferrer ahora mismo.
Victoria no intentó detenerlo.
Alejandro no respondió.
Probablemente estaba conduciendo de regreso.
Sebastián caminó hacia la puerta.
—Me voy.
—Si sales ahora parecerá todavía peor.
Sebastián se detuvo.
Ella tenía razón.
Si Alejandro llegaba y él ya se había marchado, Victoria podía inventar cualquier versión.
Sebastián decidió quedarse.
Pero esta vez se alejó varios metros de ella.
—No voy a acercarme a usted.
Victoria se encogió de hombros.
—Como quieras.
Los siguientes minutos fueron interminables.
Sebastián permaneció en la sala.
Victoria fue hacia la cocina y actuó como si nada hubiera ocurrido.
Finalmente se escuchó un automóvil.
La puerta se abrió.
Alejandro entró rápidamente.
Tenía cincuenta y pocos años, cabello gris y todavía llevaba el traje que había utilizado durante la jornada de trabajo.
—¿Qué está pasando?
Victoria corrió hacia él.
—Gracias a Dios.
Sebastián sintió que el estómago se le cerraba.
Alejandro miró primero a su esposa.
Después a Sebastián.
—Explíquenme qué ocurrió.
Victoria habló inmediatamente.
—Llegó diciendo que tenía unos documentos para ti.
—Eso es cierto —dijo Sebastián.
—Déjala terminar —respondió Alejandro.
Sebastián guardó silencio.
Victoria continuó.
—Lo dejé entrar porque dijo que tenía que esperarte. Comenzó a hacer preguntas personales. Después se puso agresivo cuando le dije que debía marcharse.
Sebastián abrió los ojos.
—Eso es mentira.
Victoria se acercó a su esposo.
—Mira cómo está hablando.
—Señora Ferrer, usted me amenazó.
Alejandro miró a Sebastián.
—¿La amenazaste?
—No.
—¿Entonces qué pasó?
Sebastián levantó la carpeta.
—Vine a traerle esto. Usted no estaba. Ella me pidió que esperara.
Victoria negó con la cabeza.
—Mentira.
—Después comenzó a hablar sobre mi posición dentro de la empresa.
—¡Alejandro, no le creas!
Sebastián continuó:
—Me pidió que cambiara las recomendaciones que le hago a usted.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué?
—Y cuando le dije que no, me dijo que podía hacer que mañana perdiera mi trabajo.
Victoria comenzó a reír.
—Esto es increíble.
Sebastián la miró.
—Después lo llamó y dijo que yo estaba siendo agresivo.
Alejandro permaneció en silencio.
Victoria tomó su brazo.
—¿De verdad vas a escuchar esto?
—Estoy escuchando a los dos.
—Es tu empleado.
—Precisamente por eso necesito saber qué ocurrió.
Victoria negó con la cabeza.
—No puedo creerlo.
Sebastián sacó su teléfono.
—Yo tampoco podía creerlo.
Victoria lo miró.
—¿Qué haces?
Sebastián desbloqueó la pantalla.
—Cuando usted me dijo que podía perder mi trabajo, activé la grabadora.
El rostro de Victoria cambió.
Alejandro extendió la mano.
—Dame el teléfono.
Sebastián se lo entregó.
Victoria retrocedió.
—Alejandro, eso no prueba nada.
Alejandro reprodujo el audio.
La sala quedó completamente en silencio.
Se escuchó claramente la voz de Victoria.
“Quiero que dejes de intervenir en ciertas decisiones de Alejandro.”
Después la respuesta de Sebastián.
“Él me paga precisamente para darle mi opinión.”
Luego nuevamente Victoria:
“Pues comienza a darle opiniones diferentes.”
Alejandro levantó lentamente la mirada.
Victoria estaba pálida.
El audio continuó.
“Si sales por esa puerta, mañana probablemente ya no tendrás trabajo.”
Alejandro detuvo la grabación.
Durante varios segundos nadie habló.
—¿Desde cuándo? —preguntó finalmente.
Victoria cruzó los brazos.
—No es lo que parece.
—Lo acabo de escuchar.
—Estaba enfadada.
—Intentaste manipular a uno de mis empleados.
Victoria levantó la voz.
—¡Porque tú nunca me escuchas!
Alejandro negó lentamente.
—Eso no justifica esto.
—Siempre hablas de él.
Señaló a Sebastián.
—Siempre Sebastián. Sebastián hizo esto. Sebastián recomendó aquello.
Alejandro parecía más decepcionado que enfadado.
—¿Por eso decidiste destruir su trabajo?
Victoria no respondió.
—Y después me llamaste diciendo que estaba siendo agresivo contigo.
—Yo…
—¿Qué habría ocurrido si no hubiera grabado?
Victoria bajó la mirada.
Alejandro devolvió el teléfono a Sebastián.
—Lo siento.
Sebastián negó con la cabeza.
—Usted no tiene que disculparse.
—Sí tengo.
Miró a su esposa.
—Porque te puse en una situación que nunca debió ocurrir.
Sebastián tomó la carpeta.
—Aquí están los documentos.
Alejandro los recibió.
—Puedes irte.
Sebastián asintió.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir, Alejandro volvió a llamarlo.
—Sebastián.
—¿Sí?
—Gracias por no perder el control.
Sebastián miró durante un instante a Victoria.
—Estuve cerca.
Alejandro dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Nos vemos mañana.
—A primera hora.
Sebastián salió.
Una vez dentro de su automóvil, permaneció varios minutos sin arrancar.
Todavía tenía las manos tensas.
Había entrado en aquella casa para entregar una carpeta.
Había estado a pocos minutos de regresar a su apartamento sin trabajo y con su reputación destruida.
Guardó el teléfono.
Entonces encendió el automóvil y se marchó.
Dentro de la casa, Alejandro permaneció frente a Victoria.
—Tenemos que hablar.
Ella se sentó.
Ya no había seguridad en su rostro.
No podía borrar lo ocurrido.
Durante los días siguientes, Sebastián no preguntó qué había sucedido entre ellos.
Tampoco contó la historia a sus compañeros.
Llegó a trabajar a la hora habitual y continuó haciendo exactamente lo que hacía antes.
Una semana más tarde, Alejandro lo llamó a su oficina.
—Quiero que dirijas el nuevo proyecto.
Sebastián lo miró sorprendido.
—Pensé que todavía estaban evaluando candidatos.
—Ya terminé de evaluar.
Alejandro colocó una carpeta frente a él.
—Necesito personas que me digan la verdad, incluso cuando la verdad pueda costarles algo.
Sebastián tomó los documentos.
No respondió inmediatamente.
Finalmente sonrió.
—Entonces supongo que tenemos trabajo.
Alejandro asintió.
Sebastián salió de la oficina y cerró la puerta.
Aquella tarde entendió algo que nunca olvidaría.
Una mentira puede construirse en segundos.
Puede sonar convincente.
Puede aprovecharse del miedo, de la confianza y de las apariencias.
Pero cuando alguien decide mantener la calma y proteger la verdad antes de que sea demasiado tarde, una sola prueba puede derrumbar en segundos una historia que parecía imposible de combatir.