El sótano clandestino a las afueras de la ciudad olía a humedad, polvo y desesperación. Héctor, sudando frío y vistiendo una simple camiseta gris, arrojaba apresuradamente fajos de billetes y pasaportes falsos dentro de una bolsa de lona. Creía haber logrado lo imposible: vaciar las cuentas secretas del holding financiero para el que trabajaba, engañar a la junta directiva y desaparecer del radar sin dejar rastro. Estaba a cinco minutos de tomar un vuelo sin retorno hacia una nueva vida.
Pero el sonido de la pesada puerta de hierro abriéndose de golpe lo paralizó por completo.
Antes de que Héctor pudiera reaccionar o alcanzar la salida, Valeria cruzó la penumbra. La implacable CEO no llevaba sus habituales trajes de diseñador, sino una chaqueta oscura que se fundía con las sombras del lugar. Su rostro, habitualmente esculpido en una máscara de calma corporativa, ardía ahora con una furia cruda y letal.
En un movimiento rápido, violento e inesperado, Valeria acortó la distancia en dos zancadas. Ignoró por completo el tamaño del hombre frente a ella, lo acorraló contra la pared de ladrillo y lo agarró brutalmente por el cuello de la camiseta, obligándolo a mirarla directamente a los ojos.
—¡¿Pensaste que podías robarme y simplemente esconderte en este agujero?! —siseó Valeria. Su voz no era un grito, pero la intensidad de sus palabras cortó el aire como una navaja oxidada.
Héctor levantó las manos instintivamente, temblando, perdiendo toda la arrogancia que había presumido horas antes. —¡Ya es tarde, Valeria! —balbuceó, intentando zafarse del agarre sin éxito—. ¡El dinero ya fue transferido a las cuentas de mis compradores en el conglomerado ruso! ¡No tienes pruebas, no tienes nada! Si me matas aquí, nunca recuperarás tu imperio.
Valeria no aflojó el agarre. Al contrario, lo acercó un poco más hacia su rostro, esbozando una sonrisa torcida, desprovista de cualquier rastro de humanidad.
—No vine aquí a recuperar mi dinero, Héctor —respondió ella, con una tranquilidad repentina que aterrorizó al hombre mucho más que los gritos—. Y ciertamente no vine a matarte.
Héctor frunció el ceño, ahogándose en su propio pánico mientras Valeria apretaba la tela de su camiseta.
—El código de encriptación que les vendiste a los rusos no contenía mis fondos de inversión —continuó Valeria, saboreando el terror que empezaba a inyectarse en los ojos de su exempleado—. Era un troyano. Al abrir esos archivos, acabas de borrar por completo los servidores maestros de tus propios compradores, destruyendo décadas de su información financiera.
El color abandonó el rostro de Héctor de un solo golpe. Sus piernas flaquearon, pero el agarre de Valeria lo mantuvo en pie.
—No me robaste a mí. Acabas de robarle a uno de los sindicatos corporativos más peligrosos del mundo, y el rastreador GPS de tu teléfono les acaba de enviar esta ubicación exacta —sentenció Valeria, soltándolo finalmente con un gesto de puro asco—. Tienes exactamente dos minutos antes de que sus mercenarios crucen esa puerta, y a diferencia de mí, ellos no vienen a hablar.
Valeria se dio la vuelta, perdiéndose en las sombras hacia la salida trasera, dejando a Héctor completamente petrificado en la penumbra, asfixiado por el pánico de saber que su brillante escape acababa de convertirse en su propia tumba.