El ambiente en el piso treinta de la agencia de publicidad Élite era un reflejo de su nombre: moderno, frío y diseñado en puro cristal. Sin embargo, esa tarde, la tensión que flotaba en los pasillos amenazaba con hacer estallar los ventanales.
Camila, vestida con un impecable saco blanco que contrastaba con sus oscuras intenciones, acorraló a su compañera en medio del pasillo principal. Su rostro estaba desfigurado por la rabia y un triunfo tóxico. Había pasado los últimos seis meses robando los diseños y la cartera de clientes de Sofía, moviendo piezas en la sombra para asegurarse el puesto de Vicepresidenta Creativa que ambas disputaban.
Sin importarle que el resto del equipo las observara desde sus cubículos, Camila levantó la mano y le apuntó directamente al rostro con el dedo índice, desatando toda su arrogancia.
—¡Se acabó el juego, Sofía! —exclamó Camila, su voz destilando veneno y superioridad—. La junta directiva acaba de firmar tu despido. El contrato de la cuenta europea es mío, el ascenso es mío y esta agencia es mía. ¡Tienes diez minutos para vaciar tu escritorio y largarte de mi vista antes de que llame a seguridad para que te saquen a la calle!
Camila respiraba agitada, esperando que la mujer rubia frente a ella se desmoronara, llorara o suplicara por una oportunidad. Quería disfrutar de la destrucción absoluta de su rival.
Pero Sofía no parpadeó.
Con los brazos cruzados sobre su blusa negra y una postura que irradiaba una tranquilidad de hierro, no retrocedió un solo milímetro. Dejó que los gritos de Camila resonaran por todo el pasillo. Cuando el eco finalmente se apagó, Sofía inclinó levemente la cabeza, esbozando una sonrisa gélida y calculadora.
—El contrato de la cuenta europea es tuyo, Camila, tienes toda la razón —respondió Sofía, con una voz tan suave y controlada que resultó aterradora—. Lo que tu inmensa desesperación por aplastarme no te permitió leer en las letras pequeñas, es que esa cuenta venía con una estricta cláusula de auditoría de derechos de autor.
El dedo acusador de Camila tembló ligeramente. La seguridad inquebrantable de Sofía comenzó a inyectar una dosis de pánico puro en su sistema.
—Todos los diseños que presentaste como tuyos a la junta directiva esta mañana, están registrados legalmente bajo una firma independiente a mi nombre —continuó Sofía, descruzando los brazos con una lentitud deliberada—. Al atribuirte la autoría para quedarte con los clientes, no ganaste una vicepresidencia. Acabas de confesar un fraude corporativo frente a todos los accionistas y expusiste a la agencia a una demanda millonaria.
El color abandonó el rostro de Camila por completo. Su brazo cayó pesadamente a su costado. Su respiración se atascó en la garganta mientras miraba a su alrededor, notando por primera vez que los directores de la empresa no estaban en sus oficinas admirando su victoria; venían caminando por el pasillo acompañados de dos agentes federales.
—La junta no firmó mi despido, Camila —sentenció Sofía, dando un paso al frente, obligando a la mujer del saco blanco a retroceder asfixiada por el terror—. Estaban firmando mi ascenso a Directora General para limpiar el desastre que acabas de causar. Así que date la vuelta y entrega tu identificación. Se acabó tu carrera.
Camila se quedó petrificada, viendo cómo el imperio que creyó robar se convertía en la trampa perfecta que acababa de destruir su vida entera.