El pasillo del piso cincuenta del Grupo Altamira estaba revestido de mármol importado y cristal, un diseño pensado para intimidar a cualquiera que lo recorriera. Sin embargo, esa mañana, el aire estaba tan tenso que parecía a punto de fracturar los inmensos ventanales.
Julián, el joven y ambicioso vicepresidente, bloqueaba el paso. Enfundado en un costoso traje gris hecho a la medida, su postura irradiaba una agresividad descontrolada. Llevaba meses conspirando con los accionistas minoritarios, comprando lealtades y manipulando los informes financieros para orquestar un golpe de estado perfecto. Frente a él, deteniendo su marcha, estaba Don Ernesto, el fundador y CEO del imperio, un hombre que vestía un sobrio traje oscuro con corbata roja y cuya experiencia pesaba mucho más que los años.
Sin poder contener la adrenalina de lo que él consideraba su victoria definitiva, Julián levantó la mano derecha y apuntó con el dedo índice directamente al rostro del veterano empresario.
—¡Se acabó tu tiempo, Ernesto! —rugió Julián, su voz resonando con furia en el pasillo vacío—. ¡La junta directiva de emergencia acaba de votar a mi favor! Firmaron la transferencia de poderes ejecutivos hace diez minutos. Ahora yo soy el dueño de esta compañía, y tú eres historia. ¡Quiero que vacíes tu oficina y te largues de mi edificio antes de que llame a seguridad para humillarte frente a todos tus empleados!
Julián respiraba con agitación, esperando ver cómo el invencible patriarca se desmoronaba. Quería ver pánico en sus ojos. Quería que el hombre que alguna vez fue su mentor suplicara por un puesto menor o una liquidación justa.
Pero Don Ernesto no retrocedió. No frunció el ceño, ni alzó la voz.
Con una calma que resultaba absolutamente aterradora, Ernesto bajó la mirada un milímetro hacia el dedo que lo amenazaba y luego volvió a conectar sus ojos con los del joven traidor. Su expresión no era de derrota, sino de una profunda y genuina lástima.
—Felicidades por tu brillante ascenso, Julián —respondió Ernesto, con una voz baja y perfectamente controlada que cortó el eco de los gritos—. Has demostrado ser un manipulador excepcional. Es una verdadera pena que tu impaciencia por sentarte en mi silla no te haya dejado tiempo para leer los informes de auditoría externa de la semana pasada.
Julián paralizó su mano en el aire. La arrogancia comenzó a congelarse en su rostro, reemplazada por un latigazo de confusión. —¿De qué estupideces estás hablando? Tengo el control total del Grupo Altamira.
—Tienes el control total de la matriz, es cierto —asintió Ernesto, dando un leve paso al frente, obligando a Julián a bajar el brazo instintivamente—. Lo que los accionistas que compraste no te dijeron, porque tampoco lo sabían, es que hace un mes transferí todas las patentes tecnológicas, los contratos gubernamentales y la cartera de clientes VIP a una nueva corporación subsidiaria a mi nombre.
El color abandonó el rostro de Julián en un instante. Sus ojos se abrieron de par en par mientras la magnitud de sus acciones comenzaba a aplastarlo.
—La empresa que me acabas de robar es un cascarón vacío, Julián —continuó Ernesto, saboreando el terror que ahora se dibujaba en el joven—. Solo posee el contrato de arrendamiento de este edificio y una demanda federal antimonopolio por ochenta millones de dólares que acaba de hacerse pública esta mañana.
Julián se quedó sin aire. Sus rodillas flaquearon y su costoso traje gris de repente se sintió como un uniforme de prisión. Había peleado a muerte por el trono, solo para descubrir que la corona estaba hecha de deudas insalvables.
—Así que disfruta de tu nueva oficina, «Director General» —sentenció Ernesto, ajustándose tranquilamente el saco antes de pasar por su lado—. Los agentes de recaudación fiscal subirán por ese elevador en cualquier momento, y dudo mucho que tengan la intención de negociar.
El joven magnate quedó petrificado en el lujoso pasillo de cristal, completamente solo, viendo cómo el hombre al que intentó destruir se marchaba dejándolo como el único responsable de su ruina inminente.