El interior de la sucursal VIP del Banco Continental era un santuario de silencio, mármol pulido y caoba. Era el lugar donde los dueños de la ciudad movían sus fortunas lejos de las miradas de los ciudadanos comunes. Apoyado sobre el impecable mostrador de atención se encontraba Arturo, un empresario que irradiaba la arrogancia de quien se cree intocable. Llevaba un traje oscuro a la medida y tamborileaba los dedos impacientemente sobre el cristal. Había pasado los últimos tres meses desviando fondos de la empresa de su suegro hacia una cuenta privada, y hoy era el día de transferirlo todo a un paraíso fiscal y desaparecer.
Detrás del mostrador, vistiendo el elegante uniforme azul de la institución, estaba Elena, la gerente de cuentas de alto perfil. Mantenía una postura perfectamente profesional, con la mirada fija en su monitor, ignorando por completo la actitud prepotente del hombre frente a ella.
—Llevo diez minutos esperando, Elena —exigió Arturo, alzando la voz lo suficiente para que el guardia de seguridad en el fondo girara la cabeza—. Te pedí que ejecutaras la transferencia a las Islas Caimán de inmediato. Son doce millones de dólares, mi dinero. No te pago para que te quedes mirando una pantalla, te pago para que obedezcas. Dale a «aprobar» antes de que llame al director de la sucursal y te deje sin empleo.
Elena no parpadeó. Sus manos se detuvieron sobre el teclado y levantó la vista lentamente, conectando sus ojos con los de Arturo. No había un ápice de intimidación en su rostro, solo una frialdad corporativa y letal.
—No hay ningún error en el sistema, señor Arturo —respondió Elena, con una voz tan tranquila que hizo que un escalofrío recorriera la espalda del empresario—. Y le sugiero que no llame al director, porque en este momento está reunido con los agentes federales en la oficina del segundo piso.
Arturo frunció el ceño, dejando de tamborilear los dedos. La arrogancia comenzó a desvanecerse, dando paso a una profunda confusión. —¿De qué estupideces estás hablando? ¡Transfiere mis doce millones ahora mismo!
—Ese es el problema —continuó Elena, esbozando una levísima y gélida sonrisa mientras giraba su monitor para que él pudiera ver la pantalla—. Usted no tiene doce millones de dólares en esta institución. Su esposa, la señora Camila, se presentó en esta misma sucursal hace exactamente una hora con una orden judicial de embargo preventivo por fraude corporativo y desfalco familiar.
El color abandonó el rostro de Arturo de inmediato. Se inclinó sobre el mostrador, apoyando ambas manos en el borde de mármol para no colapsar, mientras sus ojos leían frenéticamente los ceros en rojo que marcaban el estado de su cuenta.
—Como la cuenta original estaba a nombre de la empresa matriz de su suegro, la transacción fue completamente legal —sentenció Elena, entrelazando las manos sobre su escritorio con absoluta superioridad—. Su saldo actual es de cero. Sus tarjetas de crédito acaban de ser bloqueadas por riesgo de fuga, y, si mira por encima de su hombro, notará que el guardia de seguridad acaba de cerrar las puertas principales.
Arturo se quedó petrificado, sin aire, atrapado en la bóveda de cristal de su propia avaricia. Su gran escape acababa de convertirse en su jaula definitiva.