El aire en la oficina de la dirección general del Grupo Vértice era tan denso que casi se podía cortar con unas tijeras. A través de las enormes paredes de cristal, la ciudad seguía su ritmo frenético, ignorando por completo que en ese preciso despacho se estaba decidiendo el destino de un imperio corporativo de mil millones de dólares.
Silvia entró sin tocar la puerta. Vestida con una impecable y llamativa blusa verde esmeralda que resaltaba su aura de autoridad, se paró frente al inmenso escritorio de roble. Su postura era la de un general que acaba de ganar la guerra. Llevaba meses conspirando en las sombras, manipulando informes de rendimiento y sobornando a la mitad de la junta directiva para lograr un solo objetivo: destituir al hombre que fundó la empresa.
Sentado al otro lado del escritorio, con las mangas de su camisa azul claro arremangadas y una expresión indescifrable, estaba Marcos. No parecía un hombre que acabara de perderlo todo, aunque los documentos esparcidos frente a él dictaban lo contrario.
Silvia lo miró desde arriba, esbozando una sonrisa cargada de superioridad y veneno.
—Se acabó, Marcos —declaró ella, apoyando una mano sobre el borde del escritorio, saboreando cada sílaba—. La votación de emergencia terminó hace diez minutos. La junta te ha destituido unánimemente por negligencia financiera. A partir de este momento, yo soy la nueva Directora Ejecutiva. Tienes media hora para meter tus cosas en una caja y largarte de mi oficina.
Silvia esperaba gritos. Esperaba que Marcos golpeara la mesa, que la amenazara con demandas interminables o que, en el mejor de los casos, se desmoronara presa de la humillación. Había soñado con este momento durante cinco años de estar a su sombra.
Sin embargo, Marcos no se inmutó. Lentamente, entrelazó los dedos sobre los documentos esparcidos en su escritorio y levantó la vista para mirarla fijamente a los ojos. Su expresión no era de derrota; era de una calma tan profunda y calculada que a Silvia se le borró la sonrisa por una fracción de segundo.
—Felicidades por tu ascenso, Silvia. Sé lo mucho que trabajaste para apuñalarme por la espalda —respondió Marcos, con una voz baja y sumamente serena—. Eres, oficialmente, la capitana de este barco.
Silvia frunció el ceño. Algo en el tono de su antiguo jefe no encajaba. —No intentes hacerte el digno ahora. Perdiste. Yo me quedo con todo.
—Te quedas con el Grupo Vértice, es cierto —asintió Marcos, separando las manos para empujar una delgada carpeta negra hacia ella—. Lo que tu inmensa ambición no te dejó ver, es que hace tres semanas transferí todas las patentes tecnológicas y los contratos gubernamentales a una nueva empresa subsidiaria… a mi nombre.
El rostro de Silvia comenzó a palidecer. Su mirada bajó instintivamente hacia la carpeta negra, pero no se atrevió a tocarla.
—La empresa que tanto luchaste por robarme hoy es solo una fachada fiscal —continuó Marcos, inclinándose ligeramente hacia adelante, su mirada clavándose en ella como un puñal de hielo—. Esta compañía tiene una deuda oculta de ochenta millones de dólares por evasión de impuestos. Estaba a punto de declararme en bancarrota esta misma tarde para proteger mis activos personales.
El corazón de Silvia dio un vuelco brutal en su pecho. La respiración se le atascó en la garganta.
—Pero como la junta te acaba de nombrar Directora Ejecutiva y firmaste la aceptación del cargo a ciegas… acabas de asumir la responsabilidad legal y penal absoluta de toda la deuda —sentenció Marcos, apoyándose en el respaldo de su silla con la tranquilidad del que acaba de ganar la partida perfecta.
Silvia retrocedió un paso, sintiendo que el piso de la lujosa oficina se abría bajo sus tacones. Sus manos empezaron a temblar.
—No… no puedes hacer eso. Es ilegal… —balbuceó, con la voz quebrada por el terror, dándose cuenta de que su trampa maestra había sido su propia tumba.
—Los agentes federales que acaban de entrar por el vestíbulo principal opinan diferente —susurró Marcos, mirando su reloj—. Deberías sentarte, Silvia. Te espera un día muy largo.