El aire helado de la madrugada cortaba las calles de la capital, pero dentro del lujoso descapotable plateado, la temperatura era de una calma absoluta. Victoria mantenía una mano sobre el volante forrado en cuero, esperando a que el semáforo cambiara, mientras sostenía su teléfono contra la oreja. Su postura era la de una reina de hielo: labios pintados de un rojo impecable, cabello perfectamente recogido en un moño bajo y una mirada que no reflejaba ni una sola pizca de miedo.
Fuera del auto, la escena era un caos de desesperación absoluta.
Adrián, con el abrigo desabotonado y el rostro desfigurado por la rabia, golpeó el capó del vehículo con la palma de la mano abierta. Llevaba persiguiéndola tres cuadras desde que salieron del opresivo edificio de Inversiones Cúspide. Creyó que había ganado la guerra. Hacía apenas una hora, en la reunión de emergencia de la junta directiva, había presentado documentos financieros manipulados para destituirla como CEO, manchar su reputación y congelar sus cuentas personales. Pensó que la vería llorar, suplicar por clemencia o desmoronarse bajo el peso de la humillación pública.
Pero Victoria solo se había puesto su abrigo oscuro, le había sonreído de manera inescrutable y había bajado directamente al garaje.
—¡No me ignores, Victoria! —rugió Adrián, asomándose violentamente por el borde de la puerta del conductor, gesticulando con ambas manos como un loco—. ¡Estás acabada! ¡Ese auto en el que estás sentada es propiedad de la empresa, y la empresa ahora es mía! ¡Mis auditores están requisando tu oficina y confiscando tus computadoras en este preciso instante!
Victoria no parpadeó. No giró el rostro para mirarlo. Se mantuvo con la vista fija en la luz roja del semáforo, escuchando atentamente la voz al otro lado de la línea telefónica.
—Sí, Marcos. Ejecuta la cláusula de contingencia ahora mismo —dijo ella con una voz aterradoramente suave, ignorando por completo los gritos del hombre que escupía veneno a escasos centímetros de su rostro—. Liquida todos los bonos, transfiere la propiedad intelectual al nuevo holding en Suiza y apaga los servidores de respaldo.
Adrián se quedó paralizado. El furor salvaje en sus ojos fue reemplazado casi instantáneamente por un destello de confusión y pánico.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué estás haciendo? —balbuceó, la voz repentinamente temblorosa, aferrándose al marco del parabrisas—. ¡No tienes autorización para mover un solo centavo! ¡Yo bloqueé tu acceso al servidor principal!
Finalmente, Victoria apartó el teléfono de su oído, bloqueó la pantalla y giró lentamente la cabeza. Lo miró de arriba abajo con una mezcla de lástima y hastío, como si estuviera viendo a un insecto pataleando desesperadamente en una trampa de miel.
—Bloqueaste el servidor local de Inversiones Cúspide, Adrián. Una excelente jugada para un novato —respondió ella, apoyando el brazo en la puerta del descapotable—. Lo que tu monumental arrogancia y tu prisa no te permitieron investigar es que yo nunca registré mis patentes de inteligencia artificial a nombre de esta firma. Las registré hace tres años a nombre de un fideicomiso ciego del cual soy la única beneficiaria.
El color abandonó el rostro del hombre de golpe, fundiéndose con la palidez fantasmal de la luz de los faroles de la calle.
—El contrato de absorción que manipulaste esta noche a mis espaldas para quedarte con la compañía te hace dueño absoluto de los activos… pero también garante personal de los pasivos operativos —Victoria esbozó una sonrisa que helaba la sangre—. Y yo acabo de retirar la licencia comercial de uso de mi software. Acabas de robarte una empresa que, sin mi tecnología, no es más que un cascarón vacío con una deuda fiscal irrecuperable de cincuenta millones de dólares.
El semáforo cambió a verde, bañando el rostro demacrado y aterrorizado de Adrián con una luz esmeralda.
—Y sobre el auto —añadió ella, acelerando suavemente el motor V8 para silenciar los patéticos balbuceos del hombre destrozado—, está a nombre de mi madre. Te sugiero que busques un buen abogado penalista para mañana a primera hora, Adrián. A la junta directiva no le va a hacer ninguna gracia ver cómo las acciones abren a cero en Wall Street por tu culpa.