La oficina principal del piso sesenta, rodeada de inmensos ventanales, se convirtió esa mañana en el escenario de una emboscada perfecta. Frente al caballete que sostenía los planos del proyecto más ambicioso de la empresa, la tensión estaba a punto de estallar.
Armando, el intocable Director General, vestía su impecable traje negro. Su rostro estaba desfigurado por la ira y el poder absoluto. Levantó el brazo con furia, apuntando directamente hacia la puerta, mientras fulminaba con la mirada a Sofía, una joven arquitecta que parecía acorralada entre dos oficiales de policía.
—¡Sáquenla de mi vista! —rugió Armando, su voz retumbando contra los cristales—. ¡Esta infeliz intentó robar los planos maestros para venderlos a la competencia! ¡Quiero que pase los próximos diez años en una celda!
Sofía lo miraba con los ojos muy abiertos, mostrando un pánico evidente mientras uno de los oficiales la sostenía por el brazo. Armando sonrió con arrogancia, creyendo haber eliminado al único cabo suelto que conocía sobre sus fraudes masivos con los materiales de construcción.
Pero entonces, la expresión de Sofía cambió. El miedo se evaporó de su rostro de un segundo a otro, reemplazado por una frialdad calculadora.
Con un movimiento tranquilo, se soltó del agarre del oficial. En lugar de someterla, el policía asintió y dio un paso atrás de manera respetuosa.
—Excelente actuación, Armando —dijo Sofía, acomodándose el saco gris con total calma—. Pero estos oficiales no vinieron por mí.
Armando frunció el ceño, completamente descolocado.
Sofía caminó hacia el caballete y arrancó violentamente el plano arquitectónico, revelando un segundo diagrama que estaba oculto debajo. No eran dibujos de un edificio. Era un mapa detallado y documentado de la red de empresas fantasma y cuentas de lavado de dinero de Armando.
—No soy arquitecta junior. Soy agente encubierta de la división de delitos financieros —sentenció Sofía, cruzándose de brazos—. Llevo seis meses infiltrada en tu departamento reuniendo las pruebas. Y la orden de arresto federal que traen los oficiales no tiene mi nombre. Tiene el tuyo.
El color abandonó el rostro del director de golpe. Los dos policías avanzaron hacia él desenfundando las esposas, mientras Armando comprendía, paralizado por el terror, que él mismo había construido su propia prisión.