El Gran Salón del Palacio Imperial deslumbraba bajo la luz dorada de decenas de candelabros de cristal. La élite de la ciudad, envuelta en sedas y joyas, murmuraba animadamente mientras las copas de champán chocaban en brindis interminables. Era la fiesta de compromiso más esperada de la década: la unión perfecta entre dos de las familias más poderosas del país.
Sin embargo, en el centro del salón, la imagen de la pareja perfecta se resquebrajaba por segundos.
Elena se mantenía rígidamente de pie, con los brazos fuertemente cruzados sobre el corpiño de su inmaculado vestido blanco de seda. Sus labios, pintados de un rojo intenso, estaban apretados en una línea de pura e irreprimible furia. A su lado, Alejandro mantenía una postura impecable dentro de su esmoquin hecho a medida, pero la tensión en su mandíbula y su mirada evasiva lo delataban.
—Descruza los brazos y sonríe, Elena —murmuró Alejandro entre dientes, sin girar la cabeza, manteniendo la vista fija en un grupo de inversores suizos al otro lado de la sala—. La prensa está a diez metros y nuestros mayores accionistas nos están evaluando. No arruines esto.
Elena no movió ni un solo músculo. Su mirada estaba fija en la nada, pero ardía con una intensidad capaz de incendiar el salón entero.
—No me importa en lo más mínimo quién nos esté mirando, Alejandro —respondió ella, con un tono de voz tan frío que contrastaba violentamente con el calor de la fiesta—. Y te sugiero que no me des órdenes. Ya no estamos en la sala de juntas de tu padre.
Alejandro dejó escapar un suspiro de frustración, forzando una media sonrisa para los fotógrafos antes de inclinarse ligeramente hacia ella.
—Entiendo que estés molesta por las cláusulas del contrato prematrimonial, pero sabes perfectamente que esta fusión es la única manera de salvar la empresa de tu familia de la bancarrota. Es un sacrificio necesario. Deberías estarme agradecida.
Al escuchar la palabra «agradecida», Elena finalmente giró el rostro para mirarlo. Sus ojos oscuros lo escanearon de arriba a abajo con un desprecio absoluto. Deslizó lentamente los brazos, dejándolos caer a sus costados, y esbozó una sonrisa que no tenía ni una gota de alegría.
—Ese es tu mayor problema, Alejandro. Crees que todos a tu alrededor son tan ciegos como tú eres arrogante —dijo ella, acercándose a su oído para que nadie más pudiera escuchar—. Pasé la mañana revisando los informes de aduanas de los últimos tres trimestres. Los retrasos en nuestros envíos europeos no fueron por problemas climáticos ni por huelgas sindicales. Fueron bloqueados intencionalmente por empresas fantasma registradas a nombre de tu director de operaciones.
El rostro de Alejandro perdió todo rastro de color. La sonrisa forzada desapareció de sus labios, reemplazada por un pánico repentino que intentó ocultar rápidamente.
—Tú… tú orquestaste la crisis de mi empresa para forzar a mi padre a aceptar esta ridícula boda de conveniencia y absorber nuestras acciones a precio de quiebra —continuó Elena, su voz firme e implacable—. Creíste que podías asfixiarnos y luego presentarte como nuestro salvador.
—Elena, baja la voz… —balbuceó él, mirando nerviosamente a su alrededor, dándose cuenta de que varios invitados empezaban a notar la hostilidad entre la pareja—. Estás malinterpretando los documentos. Podemos arreglar esto en privado, pero ahora mismo tienes que firmar el acta de compromiso público.
—Oh, mi familia ya firmó un acta de fusión esta tarde, Alejandro. Solo que no fue con tu holding —Elena dio un paso atrás, ajustando el escote de su vestido blanco con una tranquilidad sepulcral—. Mientras tú te probabas ese esmoquin creyendo que ya habías ganado la partida, yo le entregué todas las pruebas de tu sabotaje a la junta de Corporación Vivaldi, tus mayores competidores. Ellos acaban de comprar nuestra deuda y, a cambio, les cedí los derechos exclusivos de nuestras patentes.
Alejandro se quedó paralizado. El sonido de la orquesta y las risas de los invitados parecían desvanecerse en un zumbido sordo. Acababa de perder el control de la industria, su reputación y la fusión millonaria, todo frente a las personas más influyentes del país.
Elena lo miró por última vez, disfrutando de la devastación absoluta en los ojos del hombre que intentó destruirla. Con un movimiento elegante, se dio la media vuelta para caminar hacia la salida, dejándolo solo en medio de su propia fiesta arruinada.