El golpe seco resonó contra las pesadas paredes del despacho. Mariana cayó de rodillas sobre la alfombra persa, con el cabello desordenado y el rostro manchado de polvo tras el violento empujón. A su alrededor, los documentos que habían estado discutiendo quedaron esparcidos por el suelo de madera.
Frente a ella, erguido como un tirano y enfundado en un impecable traje oscuro, estaba Fernando. Su rostro estaba desfigurado por una mezcla de ira y triunfo absoluto. Levantó la mano derecha, apuntándola con el dedo índice desde las alturas, saboreando el poder de ver a su antigua socia doblegada.
—¡Ahí es exactamente donde perteneces, Mariana! ¡En el suelo! —rugió Fernando, su voz temblando de adrenalina—. ¡Acabas de firmar la renuncia total a tus acciones! El corporativo me pertenece, las patentes son mías, y si intentas abrir la boca para denunciarme, me encargaré de que no vuelvas a encontrar trabajo ni limpiando oficinas. ¡Estás acabada!
Fernando respiraba con agitación. Llevaba años planeando este momento, orquestando fraudes a espaldas de Mariana y acorralándola financieramente hasta obligarla a cederle el control absoluto de la empresa matriz para no ir a prisión. Creía haber ganado. Creía haberla destruido para siempre.
Mariana permaneció en el suelo, con la mirada baja, fija en uno de los documentos que había quedado justo frente a sus rodillas. Su respiración era agitada. Parecía la viva imagen de la derrota.
Pero de pronto, el temblor de sus manos se detuvo.
Lentamente, Mariana levantó el rostro. A pesar de la suciedad en su mejilla y lo desaliñado de su ropa, sus ojos no mostraban ni una sola gota de miedo ni de sumisión. Por el contrario, brillaban con una frialdad tan oscura y calculadora que el silencio inundó repentinamente la habitación. Esbozó una sonrisa gélida, tomó el papel del suelo y se puso de pie con una calma majestuosa, sacudiéndose el polvo de la falda.
—No estaba dudando en firmar esa renuncia por miedo a perder la empresa, Fernando —murmuró Mariana, con una voz suave que cortó el aire como una navaja de hielo—. Estaba haciendo tiempo.
Fernando frunció el ceño. El brazo con el que la amenazaba comenzó a descender lentamente mientras una punzada de pánico inexplicable se instalaba en su pecho. —¿De qué estupideces hablas? El documento es legal. ¡Es mío!
—Oh, es completamente legal. Y definitivamente es tuyo —asintió Mariana, dándole la vuelta al papel que recogió del suelo para mostrarle el sello oficial de la fiscalía federal—. Lo que tu inmensa arrogancia no te dejó ver, es que hace tres días colaboré con la unidad de delitos financieros. Transferimos todos los activos reales, las patentes y el capital a un fideicomiso ciego del gobierno.
El color abandonó el rostro de Fernando de un solo golpe.
—La empresa de la que acabas de obligarme a cederte el cien por ciento de las acciones es un cascarón vacío —continuó Mariana, dando un paso al frente mientras el empresario retrocedía instintivamente—. Un cascarón que contiene la evidencia irrefutable de tus desvíos millonarios. Al firmar ese papel como dueño único, asumiste voluntariamente la responsabilidad penal absoluta de todos los fraudes.
El sonido inconfundible de pesadas botas subiendo por las escaleras de mármol del edificio comenzó a resonar.
—Yo no estoy acabada, Fernando. Yo acabo de comprar mi inmunidad entregándoles al verdadero criminal en bandeja de plata —sentenció Mariana, implacable—. Y ellos ya están aquí.
Fernando quedó petrificado, asfixiado por el terror puro, mirando el papel en la mano de la mujer a la que creyó haber destruido, dándose cuenta de que él mismo acababa de firmar su sentencia de prisión.