El elegante pasillo de caoba y cristal del Grupo Ferrer se había convertido en un campo de batalla silencioso. Tras las pesadas puertas de la sala de juntas, el destino del conglomerado acababa de decidirse. Fernando, el ambicioso director de operaciones, había salido al pasillo hecho una furia. Con su camisa azul claro arremangada, respirando con agitación y el rostro desfigurado por una mezcla de rabia y triunfo anticipado, acorraló a su rival.
Levantó el brazo con brusquedad y le apuntó directamente al rostro con el dedo índice, a escasos centímetros de su nariz, intentando aplastarla con su supuesta victoria.
—¡Se acabó el juego, Miranda! —escupió Fernando, con la voz temblando de ira y soberbia—. ¡La junta acaba de aprobar mi moción! ¡Estás fuera de la compañía! Entrégame esa carpeta con las actas de cesión, recoge tus cosas y lárgate de mi edificio antes de que llame a seguridad para que te saquen a rastras.
Fernando llevaba meses orquestando un complot maestro, comprando voluntades y saboteando los proyectos de Miranda para hacerla parecer incompetente y arrebatarle la presidencia. Creía que ese era el momento de su coronación absoluta.
Pero Miranda no se encogió.
Vestida con un impecable y sobrio traje oscuro, se mantuvo erguida como una columna de mármol. Sostenía la carpeta beige contra su pecho con una elegancia y una tranquilidad que resultaban antinaturales frente a los gritos del hombre. No apartó la mirada; sus ojos fríos y calculadores analizaron el dedo acusador de Fernando con el mismo desprecio con el que se mira a un insecto molesto.
Dejó que el eco de los gritos de Fernando se desvaneciera en el pasillo. Entonces, esbozó una levísima sonrisa que le heló la sangre al ejecutivo.
—Tienes mucha prisa por sentarte en mi silla, Fernando —murmuró Miranda, con una voz aterciopelada y letal—. Pero hay un pequeño detalle que tus aliados en la junta olvidaron mencionarte.
Fernando frunció el ceño. Su dedo acusador tembló ligeramente en el aire. —¿De qué estupideces hablas? Yo soy el presidente ahora.
—Lo eres. Técnicamente, desde hace cinco minutos —asintió Miranda, bajando lentamente la carpeta beige para mostrársela—. El problema es que esto que tengo en mis manos no son las actas de mi cesión.
Miranda abrió la carpeta, revelando una gruesa pila de documentos con sellos rojos del gobierno federal.
—Este es el expediente completo de la auditoría sorpresa que solicité hace tres meses —continuó ella, saboreando cada palabra mientras el color empezaba a abandonar el rostro de Fernando—. Documenta a la perfección cómo utilizaste tres subsidiarias fantasma para desviar fondos al extranjero.
El brazo de Fernando cayó pesadamente a su costado. El aire pareció desaparecer del pasillo.
Miranda enumeró mentalmente los escombros del imperio que él acababa de heredar:
- Un déficit oculto de ochenta millones de dólares.
- Una investigación criminal activa por lavado de activos.
- Cuentas bancarias congeladas desde la medianoche anterior.
—Yo no fui destituida, Fernando. Yo renuncié —sentenció Miranda, dando un paso al frente, obligándolo a retroceder contra la pared de cristal—. Y al aceptar la presidencia esta mañana, la junta directiva te acaba de convertir en el único responsable legal y penal de todo el desfalco.
Fernando quedó petrificado, con la boca entreabierta y los ojos inyectados de terror puro. A través de los ventanales del pasillo, pudo ver cómo tres patrullas de la policía federal se detenían bruscamente frente a la entrada principal del edificio. Su gran trampa maestra acababa de cerrarse directamente sobre su propio cuello.