El comedor del exclusivo Club Zafiro estaba lleno de risas y tintineo de copas. En la mesa central, Camila celebraba su reciente compromiso con el heredero de la naviera más grande de la ciudad. Apenas una semana antes, había roto su relación con Santiago, convencida de que su exnovio había sido desheredado y arruinado por su propia junta directiva. Ella siempre apostaba al caballo ganador.
Pero el murmullo del salón se apagó repentinamente cuando las pesadas puertas de caoba se abrieron de par en par.
Camila levantó la vista de su copa de champán y sintió que la sangre se le helaba. Era Santiago. Caminaba con la frente en alto, vistiendo un traje azul marino impecable que irradiaba poder. Sin embargo, no fue su postura lo que paralizó a los invitados, sino la mujer que caminaba elegantemente tomada de su brazo.
Doña Leonor de la Vega, la indiscutible matriarca de la élite financiera y dueña de medio país, avanzaba a su lado. Con su cabello plateado perfecto y un imponente vestido verde esmeralda, Leonor rara vez se dejaba ver en público, y jamás escoltando a alguien que no fuera de su propia sangre.
Ambos caminaron directamente hacia la zona VIP, pasando a escasos centímetros de la mesa de Camila. La joven rubia, incapaz de procesar el golpe, se levantó de un salto, perdiendo toda la compostura.
—Santiago… —balbuceó Camila, con los ojos desorbitados de pánico y confusión—. ¿Qué haces aquí? La junta te quitó todo el viernes. Estás arruinado.
Santiago ni siquiera parpadeó, pero Doña Leonor detuvo su marcha. Giró lentamente hacia Camila, escaneándola de arriba abajo con una mirada que podría haber congelado el océano.
—Usted debe ser la mujer que abandonó el barco cuando creyó que se hundía —dijo Leonor, con una voz suave pero cargada de veneno aristocrático—. Qué falta de visión. A Santiago no le quitaron nada. Él cedió estratégicamente sus acciones minoritarias para fusionarlas con mi conglomerado.
Camila retrocedió un paso, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies de diseñador.
—A partir de esta noche —continuó la matriarca, esbozando una sonrisa implacable—, Santiago es mi socio mayoritario y el nuevo dueño de la naviera de su actual prometido. Sugiero que disfrute su cena, señorita. Será la última que pueda pagar en este club.
Sin dedicarle una sola palabra, Santiago retomó su camino del brazo de Leonor. Dejaron a Camila completamente sola y humillada, observando cómo el hombre que había desechado por falta de dinero acababa de comprar su futuro.