El salón principal de la mansión De la Vega estaba iluminado por tres candelabros de cristal que derramaban una luz dorada sobre la élite financiera de la ciudad. Sin embargo, la temperatura en la habitación parecía haber descendido a bajo cero. Nadie se atrevía a probar sus copas de champán; nadie se atrevía siquiera a murmurar.
En el centro del salón, acaparando todas las miradas, estaba Don Federico De la Vega. Con su impecable traje azul marino y su cabello plateado, era la viva imagen del patriarca implacable. Su rostro estaba enrojecido por una mezcla de indignación y desprecio, y sus ojos clavados como dagas en la mujer frente a él.
Allí, sentada en una silla de ruedas con una postura perfectamente erguida, estaba su nuera, Valeria. Vestía un traje de sastre blanco, inmaculado, que contrastaba brutalmente con la oscuridad del traje de Federico. Sus manos descansaban tranquilamente sobre su regazo. No había miedo en su mirada, solo una calma que resultaba escalofriante.
—¿Te atreves a presentarte en mi gala de sucesión vestida así, dando lástima, para exigir el puesto de mi hijo? —La voz de Federico retumbó en las paredes revestidas de pan de oro—. ¡Mírate, Valeria! El imperio De la Vega requiere fuerza, presencia. No puedes dirigir la constructora más grande del país desde una silla de ruedas. La junta directiva jamás te aceptará.
Los invitados en el fondo contuvieron la respiración. Los guardaespaldas y ejecutivos se mantuvieron rígidos, esperando ver a Valeria desmoronarse bajo el peso de la humillación pública.
Pero Valeria no parpadeó. Una levísima sonrisa irónica se dibujó en la comisura de sus labios.
—El problema, Federico, es que sigues creyendo que se necesita caminar para aplastar a tus enemigos —respondió Valeria. Su voz era suave, pero cortaba el aire con la precisión de un bisturí—. Llevas tres meses intentando convencer a la junta de que mi accidente automovilístico me dejó mentalmente incapacitada para heredar las acciones de tu difunto hijo.
Federico dio un paso al frente, acorralándola visualmente.
—Es la verdad. Eres débil. Y esta noche voy a anunciar la transferencia total de las acciones a mi nombre. Estás fuera de la familia y fuera de la empresa.
Valeria soltó una pequeña y seca carcajada. Levantó lentamente una de sus manos y chasqueó los dedos. De entre la multitud de invitados, un hombre que Federico no reconoció dio un paso adelante, colocando una pequeña memoria USB negra sobre la bandeja de plata de un mesero, quien rápidamente se la acercó a Federico.
—Esa debilidad que ves en mí, Federico, me dio mucho tiempo libre en el hospital —dijo Valeria, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Tiempo para investigar por qué fallaron los frenos de mi auto esa noche en la carretera de la costa. Tiempo para encontrar al mecánico que «casualmente» revisó mi vehículo la mañana del accidente.
El color abandonó el rostro de Federico de un segundo a otro. Su mandíbula se aflojó, y la furia en sus ojos fue reemplazada por un terror puro y paralizante.
—El mecánico fue muy cooperativo cuando le ofrecí el doble de lo que tú le pagaste por cortar mis frenos —continuó Valeria, elevando la voz lo suficiente para que los inversionistas más cercanos pudieran escuchar cada sílaba—. Las grabaciones de tus llamadas, las transferencias desde tus cuentas ocultas en el extranjero… todo está en ese USB. Y, por supuesto, en la bandeja de entrada del fiscal general de la república desde hace quince minutos.
La mansión entera pareció hundirse en un abismo de silencio. El patriarca intocable estaba repentinamente acorralado, temblando frente a la mujer que creyó haber destruido.
Valeria se acomodó en su silla, alisando los pliegues de su pantalón blanco. Levantó el rostro, con una expresión de absoluto triunfo y frialdad. Mirando fijamente hacia el frente, con una actitud totalmente empoderada, rompió la tensión con una sonrisa oscura.